Por Agustín Scarinci

Encontramos mesa sin dificultades, y nos sentamos junto al ventanal. Hay tan poca gente en la ciudad en verano, que donde vayas hay lugar de sobra. El bar está situado justo en una esquina, y se entra por una puerta que está en el medio de dos ventanales grandes y anchos que se extienden para ambos costados como si quisieran separarse. Adentro, imágenes de famosos adornan las paredes: Maradona levantando la copa del mundo; Vilas dando un revés; el Capitán Piluso, sonriente, sosteniendo un vaso de leche; Goyeneche cantando en la esquina de un café, escena de la película Sur; una foto de Piazzolla y Troilo sentados con los brazos apoyados en la mesa, uno al lado del otro. Troilo tiene la cabeza apoyada sobre su mano derecha; Astor, formando una media equis con su brazo derecho que sostiene un cigarrillo, mira a Troilo como un chico lo haría si estuviese enfrente de su héroe. Algunos no llegarán a la próxima década, o quedarán a mitad de camino. Otros no volverán a ser los mismos, pero todavía está algo lejos todo eso. Hay una televisión de tubo, robusta, prendida a todo volumen. Está el noticiero. Al parecer se disparó la suba de precios.   

Al principio no hablamos, solo nos miramos como en un trance. Tomo la mano de Connie que está apoyada en la mesa y ella toma la mía. Connie mira alrededor algo ruborizada. Parecemos idiotas. Ella rompe con la monotonía del bar sin proponérselo: con su vestido verde-agua que le llega hasta un poco más de las rodillas, con el mechón castaño claro cayéndole por el costado, que siempre le molesta y tiene que tirárselo para atrás, como si arrojara sal por encima del hombro para ahuyentar la mala suerte. Los ojos, algo estirados hacia las sienes, le dan un toque extraterrenal. Único. El mozo nos trae la carta y una entrada, sacándonos de nuestro tonto ritual óptico, devolviéndonos al bar. Una vez que ordenamos se va, perdiéndose entre las mesas y la gente. Como si nos dejara varados en nuestro propio planeta. Hablamos de la película que acabamos de ver. Qué horrible que nos pareció. Ambos asistimos a un taller de cine que se dicta en una biblioteca municipal. Eso nos da la suficiente autoridad para creernos críticos profesionales cuyo paladar no tolera ninguna discrepancia del guión, actuaciones forzadas, o la mala iluminación. Tenemos la ilusión de dirigir películas, escribir para revistas de cine, tener reconocimiento, publicar libros, tantas cosas. Todo parece posible. Mientras hablamos pienso que es ella y que la vida va a ser perfecta. Que todo es posible.  

Para cuando llega la comida estamos todos. Pusimos ocho mesas en hilera hasta el fondo, y, como nos rodean las otras mesas, es difícil para los mozos llegar hasta allí. Entonces, pasamos los platos por tramos, empezando por los últimos, luego por los del medio y por último nosotros, los primeros. Alguien dice en voz alta: «Los últimos serán los primeros». Se escuchan carcajadas, se observan dientes descansando sobre los labios y cabezas moviéndose para ambos costados, ceños levantados. Nuestros padres los acallan tintineando los vasos con la cucharita de postre, dan unas palabras llenas de buenos deseos, y luego de un «¡qué vivan los novios!» el bar es abarrotado por aplausos y silbidos. Nuestros padres contrataron una pequeña orquesta y muchos invitados, especialmente los mayores, aprovechan para cantar canciones italianas o tangos. Todos bailan. Los hombres están ataviados de traje y corbata, y las mujeres de vestido. Raúl, quien llegó tarde, me abraza fuerte y me dice «tantas películas que ves y te salió igual a la fiesta del Padrino». Nos reímos. Sin dejar de reír se me ocurre, por sus dichos, que él podría ser Fredo, lo que a mí me convertiría en Michael. Pero creer que él podría traicionarme me parece imposible. Un pensamiento sin fundamentos. Cómo podría pensar así de él, que me consiguió un puesto en la empresa de su padre. Desecho la idea, y llamo al fotógrafo para que nos saque una foto junto con Connie. Raúl, Connie y yo. Los tres juntos. «Digan whisky». «¡WHISKY!». 

Durante la comida, los temas a tratar son la inflación descontrolada, las elecciones y el mundial. «Este también lo vamos a ganar. Acordate de lo que te digo». «En lo que tardé en cruzar la calle, ya el precio había cambiado». «¿Vos le tenés fe al riojano?». En ambas familias hay discrepancias y diferencias de opiniones, pero lo más llamativo es que se forman inter-alianzas entre ellas. Pero eso sí, a la hora de irse, cada uno se va con sus consanguíneos. Como si las diferencias solo dormitaran en la convivencia, pero latentes para emerger solo en las reuniones. Por ahora pueden coexistir, pero más adelante no. Habrá distanciamientos, peleas y rechazos.   

Ahora traen la torta. Mientras Eve sopla la velita en forma de cinco, montones de flashes se le vienen encima. Fotos con nosotros, los abuelos, los tíos, los primos, los compañeros del jardín. Se nota que hay menos personas que antes. Algunos ya no vienen aludiendo que tienen compromisos, pero lo más seguro es que sea por diferencias irreconciliables. (Cada vez es más difícil invitarlos y que las reuniones no terminen en discusiones sin sentido). Las ausencias son más que evidentes, pero no importa porque el día es para Eve. La fiesta la organizamos nosotros, la comida la cocinamos nosotros, las bolsitas con los souvenirs las hicimos nosotros, todo nosotros. El bar nos habilitó un sector para la fiesta, a un módico precio. Los salones de fiestas costaban una fortuna. Todavía estamos pagando la casa y no podemos darnos muchos lujos. Se podría decir que ninguno. Connie sonríe para las fotos, y oculta lo extenuada y harta que está de una vida de privaciones, tan distinta a la que soñamos. Totalmente al revés. Ella me culpa por todo y dice que no les doy la atención que se merecen, y que mi trabajo me tiene absorbido. Me detesta. Para colmo la empresa del padre de Raúl se asoció con un grupo financiero europeo y van a reestructurar. Esto quiere decir: despidos. Van a entrevistar a todos para saber qué hace cada uno, y si no podés justificar tu trabajo, te echan. Dicen que es por la globalización. Que ahora vamos a "insertarnos en el mundo". Que vamos a estar “comunicados”. Realmente no sé qué pensar de todo esto. Pero lo que sí sé es que ya está puesto en marcha y no se puede parar. 

Ahora el mozo trae el café. En un momento, que no tiene nada de peculiar, es una tarde como cualquier otra; me detengo a observar el bar y me percato cómo cambió. Ahora ofrecen menús veganos; la televisión es de pantalla plana; hay mozos más jóvenes; algunos extranjeros; hay fotos de Messi, de bandas de tango electrónico. Los menús tienen un código con líneas perpendiculares, horizontales y verticales entrecortados. Parecen laberintos. Me pregunto en qué momento sucedieron estos cambios. Todos paulatinos e imperceptibles, camuflados en lo cotidiano y en la rutina. Prendo un cigarrillo.

     —Oiga Señor, discúlpeme. Pero aquí esta terminantemente prohibido fumar adentro. —Creo nunca haberlo visto antes, y resuelvo que debe ser nuevo. Me llama la atención su tonada. He observado que hace bastante que hay acentos nuevos en la ciudad.

     —A mí me dejan. El dueño me conoce —le digo sin sacarme el cigarrillo prendido de la boca.

     —Ay qué pena, pues. A mí no me dijo nada, así que va tener que apagarlo.

     —Me haces el favor de llamar a Ernesto y preguntarle. No me hagas perder el tiempo. Por favor te lo pido, eh. —Exhalo el humo y con el pulgar golpeo la boquilla y cae la ceniza en platito.

Ernesto emerge de la cocina, y con voz firme dice:

     —Es la última vez, ¿estamos? Por ley ya no se puede fumar adentro. Me cae una inspección y me hacen una multa. ¿Quién la va pagar? ¿Vos? Todo por un cigarrillo de mierda. Y usá un cenicero, viejo. Por favor. Andá, llevale un cenicero a este. 

Me dice que es la última como las tantas últimas veces que me dijo que era la última. Alterno los sorbos con las pitadas. Me llama Eve. Escucho la voz de Connie y Raúl. «Este te queda hermoso. Parecido al mío cuando me casé». «No importa lo que cueste. Si te gusta, llevalo. Yo lo pago.». Ignoro los dichos y le pregunto cuándo puedo verla. Le recuerdo que quiero ir con Jessica al casamiento. No le gusta nada que tenga una novia más joven. Ella quisiera que tuviera una pareja de mi edad, como hizo su mamá con Raúl. (Nunca lo creí posible. Después de que me echaron, me divorcié de Connie, y ella empezó a frecuentar a Raúl, si es que no lo hacía desde antes, y al poco tiempo se casaron. Fueron años duros). Arreglamos para encontrarnos mañana. Le pregunto si quiere hacer la fiesta en el bar, pero prefiere hablarlo después.

Estoy terminando el café, y el cigarrillo está por consumirse en el cenicero. Dejo el dinero debajo del vaso, incluyendo la propina. Vuelvo a mirar en derredor. Algo me invade. Una extrañeza. Como si hace años que estoy en este bar, y que todos fueron y vinieron, pero el único que todavía está aquí soy yo. Como si la cita con Connie, los cumpleaños de Eve, y el café que me acaban de servir fueran parte del mismo acto continuo, pero desacelerado dentro de una misma tarde. Una tarde que insiste en ser noche, pero que se ralentiza cada vez más. Salgo con pesadumbre del bar en dirección hacia el auto. Son las 8 de la noche, y recién ahora empieza a anochecer. 

 

Le diner, effet de lampe. Félix Valloton.

 


Agustín Scarinci. Profesor de inglés y escritor argentino de Villa Balester.