Por Camila Torres Maldonado

La periodista y escritora argentina, Leila Guerriero, apunta en una entrevista que, un exceso de la historia personal en un texto termina impregnándolo y convirtiéndolo en una especie de ditirambo, un retrato circular del yo, del cual es difícil salir. En su defecto, plantea que es necesario que un escrito conecte con el lector, y para esto, debe dirigirse “dentro de lo posible, a otra gente, y para que eso suceda tiene que trascender por mucho lo que me pasó a mí”, es decir, dejar de lado las ansias meramente confesionales y, por el contrario, generar un lazo sólido que sólo sería posible contemplando el ejercicio escritural al yo, pero también al otro. 

Ahora bien, en la escena literaria actual, la tendencia marca un claro apogeo de aquellas narrativas híbridas que entrelazan la labor investigativa con la anécdota personal, por ejemplo, los retratos familiares, las crónicas literarias, los ensayos autobiográficos, etc. En consecuencia, uno de los desafíos más grandes a la hora de inscribir un hecho verídico en la construcción literaria, se hallaría, entonces, en saber ingresar la perspectiva personal al relato, es decir: que la ficcionalización no perturbe el equilibrio y convivencia entre la historia verídica, la responsabilidad ética y las estrategias escriturales con las que se (d)escribe.

Bajo este precepto, un claro ejemplo sobre aquellos textos que tienen a un(a) narrador(a) que se inserta explícitamente en acontecimientos de repercusión colectiva, encontramos El vestido blanco, libro de la investigadora francesa Nathalie Léger, que fue lanzado en el año 2018 y publicado recientemente (2023) por la editorial argentina Chai Editora. Y es que, mediante el breve relato, nos inmiscuimos en una novela-ensayo-crónica de profundos pasajes que dialogan con la descripción ecfrástica, el monólogo interior, la investigación periodística y el relato cinematográfico. Todos polos que se van deslindando a partir de temáticas como la tragedia, el arte, la violencia, los vínculos afectivos, la injusticia y, como no, la escritura. 

En pocas palabras, el libro nos da antecedentes sustanciales para comprender la performance de la artista italiana Pippa Bacca (1974-2008), que tuvo como cauce su despiadada violación y asesinato en Estambul. La propuesta performática de Pippa era la siguiente: vestir de novia y viajar desde Milán hasta Jerusalén haciendo autostop, sin cambiarse el ropaje, documentando y ensuciando el manto blanco. El fin último era transitar por regiones en constante tensión armada, con la premisa de demostrar la humanidad, para ella inherente, que habitaría en los territorios, en los cuerpos. Así, ligada ineludiblemente a su ideal, la artista buscaría convertirse en una especie de testimonio corpóreo de la paz y, a partir de la performance, con una mochila cargada de ganas de cambiar el mundo y de impactar por medio del arte, arriesgaría su vida con tal de evidenciar la unión humanitaria, buscando consolidar la confianza en el otro; pedir y recibir ayuda sin condiciones ni prejuicio alguno. Sin embargo, la historia fue otra. Cuando aún faltaba más de la mitad del viaje, cuando unos instantes más temprano o más tarde hubieran sido sustanciales para hacer la diferencia (o no), se subió a ese automóvil y se encaminó con ese hombre que, momentos más tarde, iba a violarla, matarla, quedarse con sus posesiones personales, y sin conmoción alguna, después del despiadado acto, continuar con el curso natural de su vida, hasta ser delatado por la cámara robada de Pippa, “Con el ojo de la muerta él señala el lugar, se señala a sí mismo”.

 

El vestido blanco. Nathalie Léger. Chai Editoria.

 

Así pues, en El vestido blanco se hilvana la historia y la investigación sobre la acción performática, sobre la decisión de Pippa Bacca, pero no sólo eso, sino que acaecen también en el relato las reflexiones personales de la narradora y la intromisión de su madre en el proceso creativo, quien busca desesperadamente que la hija, por medio del ejercicio literario, la escriba, patente su historia de vida y conciba a la literatura como un espacio idóneo para la búsqueda de justicia. De esta forma, en el libro hay poco de certezas unívocas y mucho de cuestionamientos, de preguntas que se instalan y en apariencia no reciben respuestas homogéneas. Hay mucho también de la desacralización de la tarea literaria, que lejos de la ritualidad y la inspiración silenciosa, estaría contaminada absolutamente por la vida cotidiana, por el ruido, por el bloqueo creativo, por la rabia y por las personas que inciden en ella.

Durante este escrito, quisiera comentar dos apreciaciones que, a mi parecer, se relacionan entre sí y condensan elementos cruciales al momento de tratar el libro que nos convoca. Primero, en las páginas que lo componen, pienso que se va edificando una falta de clausura, un convencimiento en la narradora sobre la imposibilidad de cerrar sus temas y, acaso un descaro insaciable de la literatura de inscribir y devorar la historia de un otro. Segundo, el agobio afectivo que opera en la narradora va desembocando en una constante tensión entre ella misma y los objetos del discurso -la acción de arte de Pippa Bacca y la madre con su petición de justicia-, puesto que, presionada por su condición de investigadora-hija, va dejando vestigio del atascado proceso creativo en el ritmo envolvente de su escritura: agobiante, poética, desafiante y conciliadora.

En primera instancia, ya sabemos que la motivación principal de Nathalie Léger es investigar y comentar la performance de Pippa Bacca (“Lo que me interesa no son sus intenciones, ni la grandeza de su proyecto, ni su candor, ni su gracia, ni su estupidez, sino el hecho de haber querido reparar algo desproporcionado con su viaje y no haberlo logrado”), o sea, la primera misión de la narradora será ingresar a un terreno no consumado: la imposibilidad de la artista italiana de llevar a cabo la acción de arte. Sin embargo, desde este plano, va entrometiéndose en otros actos artísticos y en la naturaleza misma de la performance, para encaminarnos hacia la apreciación de que, en ellas, en realidad, nada está dado, todo es moldeable por el espectador, quien es el que puede retorcer el sentido inicial de la acción y terminarla abruptamente, por lo que la pregunta de ¿Para qué sirve el arte?, nos persigue como un fantasma durante todas las líneas.

El caso extremo de Pippa Bacca es diseccionado por la narradora a tal nivel que escudriñamos en las múltiples capas que se impregnan a este hecho trágico: el idealismo, la decisión de embarcarse en un proyecto que poco de certezas tenía, el rol del arte en la humanidad, la violencia y la injusticia irreparable hacia las mujeres. No obstante, Léger no culmina su investigación. Luego de proponer un encuentro con la madre de la artista italiana (que al final no se realizará), se apropia de las palabras de un periodista que le dice: “…es mejor que nos sintamos de alguna utilidad si le vamos a hablar a la madre de una chica muerta, de lo contrario para qué lo hacemos, en tu caso lo difícil es que la literatura siempre tiene algo de impúdica, esa es su tragedia”. A raíz de esto, desiste del viaje realizado a Milán, otro tema queda incompleto, imposible, y, el tono del texto cambiará, acaso por el cinismo que la narradora ve en el medio literario (“no tengo nada que ofrecerle a una madre que está atravesando un duelo, solo voy a quitarle algo, a devorarlo taimadamente”); acaso por la intrusión cada vez más potente de la madre entre sus líneas y motivos (“Si comparamos nuestros dos temas, murmura ella desde algún lugar por encima de mí, el mío es más real que el tuyo, el mío también lo viviste, no te faltan pruebas, o sea recuerdos, en cambio no viviste nada de tu propio tema”). 

Con todo, la narración se va impregnando, de manera paulatina, de la historia de sí misma y la de su madre, quien se desviste y se prueba, al frente de su hija, el vestido de novia que, con ilusión, un día llevó junto al hombre-marido-padre, quien fuera el origen de su sufrimiento. Probarse el vestido como un gesto de evidenciar a la hija que sus temas colindan, la investigación sobre Pippa Bacca y la experiencia de violencia concreta padecida por la madre: ambas historias uncidas por el tejido de la injusticia. Esta intromisión de la madre, a pesar de las constantes reticencias de Léger, condensa otro tema que se levanta de manera intuitiva en el libro y que marca un límite fallido: la imposibilidad de no escribir sobre su madre, “podrías actuar por mí, podrías hablar por mí, podrías, y ahí tragó saliva, defenderme y hasta vengarme”, estas palabras van acorralando a la narradora, hasta que la alcanzan y direccionan su atención hacia aquellos recuerdos de una infancia marcada por una problemática y violenta relación entre el padre y su madre.

No hay víctimas, no hay una reivindicación (por lo menos explícita) mediante la palabra, sino una exposición de la humanidad, de los conflictos afectivos, de las tensiones interpersonales, de los daños irreparables. Y es que Léger, pareciera buscar la explicación incómoda. No está convencida de nada, ni de su labor, ni de la acción de Pippa Bacca (“Pero ¿por qué parece que la estoy culpando? ¿Acaso me imagino que si yo extrajera del tejido infernal una, dos, diez atrocidades, si escribiera un libro (…) me acercaría más a la verdadera naturaleza de las masacres, tendría más legitimidad para denunciarlas, sería más eficaz para repararlas?”). Pero tampoco está convencida de retratar la vida de su madre, de consolidarse como víndex (“Tus esfuerzos. Las derrotas cotidianas. Porque eso es lo que te gustaría que enumere, ¿no es cierto? Esa es la letanía que te gustaría dejar asentada en estas líneas”), por lo que, observa, muchas veces con ojos inquisidores sus errores, y rescata aspectos que se alejan de la (re)victimización, del levantamiento heroico de su figura, de la sed de venganza que expresa su madre.

Nathalie Léger, en El vestido blanco, demuestra una pluma itinerante, que pareciera abarcar y soltar, hablar y callar. En este libro, el lector es relagado a un limbo, se le permite ver la realidad de la mano de la imposibilidad. Léger ilumina con reflexiones, pero luego detiene la prosa, le da paso al silencio y a la oscuridad; acerca el conflicto de su vida personal y la de su madre, a pesar de las evasiones constantes. Léger interpela los parámetros morales, a la vez que enrostra la violencia con una poética que evidencia el horror. 

Cuerpos y afectos. Violencia y justicia. Performance y muerte. El yo a partir de otro. Estos polos y sus intersticios son los que guían una lectura permeada por la fragmentación, pero también la continuidad: no hay cortes, no hay separación por capítulos ni apartados, sólo entrecruces constantes entre el momento de escritura, los motivos y la vida cotidiana. Léger pone en entredicho a la literatura; no deja que su escrito se mantenga limpio y entrelaza las historias de tres mujeres mediante: un hecho trágico, una sed de venganza y un vacío de sentido. El vestido blanco configura un panorama que, si bien permanece ligado a una investigación, no se aleja de la inoculación intrusiva a partir de fragmentos de la infancia, reconstrucciones difusas y las demandas del presente. 

 

Nathalie Léger