Por Víctor González Astudillo

A propósito de cómo representar un paisaje, la tradición nos indica que existen dos modos: por una parte, es posible sugerir que los exteriores de un determinado horizonte de cosas pertenecen, más bien, al interior de un sujeto con la facultad de mirar. Quien observa en una playa el fin del día, mientras el cielo se tiñe de rojo, está contemplando su propio final, su propio desenlace, su propio desangramiento. Así también ocurre con los sueños, al menos desde cierta perspectiva. Aquel horizonte de cosas, su pliegue y organización en el mundo, indicaría la clara presencia del relato íntimo de aquel que duerme. Quizá, su paisaje podría ser decodificado como una verdad encriptada. La literatura de este tipo suele conducirnos a una especie de síntesis narrativa. En su desenlace, un carácter específico de la escritura, del imaginario de quien narra, o bien, de quien sufre la ficción, se revela.

Por el contrario, existen también aquellos paisajes infranqueables, con una frondosidad conceptual que no permite su decodificación. Hostiles o no, aquellos paisajes que expulsan la posibilidad de la lectura se encuentran en un afuera total. El sujeto que observa este horizonte no haya lugar en el cual situarse. El cielo enrojecido del atardecer no dialoga con ningún tipo de fin, con ninguna experiencia personal. El pigmento del mundo avanza sobre la mirada, obligada a adaptarse a la rápida transformación de las cosas. Y así también ocurre con su interior: aquellos paisajes oníricos que organizan sus recuerdos, de algún modo, no hablan la lengua materna. Los relatos que articulan la propia subjetivación, si bien aceptables, chocan, de un modo u otro, con los territorios de la memoria. Habría que pensar más detenidamente en esta literatura, no solo por su extrañeza, sino también porque sus desenlaces son mucho más intrincados. Al parecer, la catástrofe y la hecatombe se vuelven las únicas representaciones posibles.

A mi parecer, en Aguas de marzo (2023), libro de cuentos con el cual debuta Bruno Jara Ahumada, la cuestión de los paisajes se vuelve de suma importancia a la hora de pensar y desmenuzar aquellas disputas que se encuentran al interior de los relatos. Por medio de cinco historias, el autor nos presenta un catálogo de preocupaciones bastante disímiles entre sí. En “Entreactos”, pareciera ser que el principal conflicto guarda relación con aquellas incoherencias, o bien, con el encaje perfecto e incómodo entre el pasado y el presente a la hora de explicar la propia identidad. La trama consiste en un recorrido por la vida del protagonista, quien se ve enfrascado en la mayoría de las violencias que atraviesan a un sujeto disidente. 

Su relación dañina, dificultosa con un tal Bruno, pareciera ser el detonante para una búsqueda personal, donde los recuerdos aparecen como posibles motivos para su ánimo cansado. Una terrible relación con su padre, profundamente homofóbico, quien lo entrega a los golpes de su esposa, termina por caracterizar gran parte del relato. Además, una serie de otros hombres aparecen en la narración: Iván, un padre en constante conflicto con la idea de la paternidad; un pololo de la adolescencia que indirectamente termina siendo parte en un intento de suicidio. Las mujeres, por su parte, son relegadas al espacio interior. Tanto su abuela como su madre observan, impávidas, las diferentes destrucciones que aplastan el cuerpo de su hijo. Quizá, aquella división espacial podría tener que ver con la mirada del personaje principal. Su memoria transformada en texto o en paisaje, su mirada, productora de escenas, no encuentra otra cosa más que la amenaza constante de los hombres, quienes cubren el mundo con su presencia. Al inicio del relato, su admiración por un grupo de escritores, su intención de participar de aquel círculo intelectual, podría indicarnos aquella preponderancia de lo masculino en la administración de los afectos en el espacio literario. 

 

Aguas de marzo. Bruno Jara Ahumada. Neón Ediciones.

 

Por otra parte, los cuatro cuentos que le siguen parecieran estar apilados al final del libro, como si acaso fueran un conjunto inconexo totalmente independiente del primer relato, no solo porque “Entreactos” posee una extensión más larga, sino también porque los últimos relatos abordan cuestiones más específicas. En “Libraciones de la luna”, el autor nos introduce en un imaginario cinematográfico, donde la narración, más allá de articular una trama, describe detalladamente tomas que se mimetizan con la idea de una luna permanente, la cual, sujeta a un constante cambio, encarna tres micrometrajes sobre mujeres afectadas por una violencia extraña: una ama de casa mantiene atrapada a otra en un cuarto oscuro; una astrónoma que percibe su inminente asalto y secuestro; una población de mujeres que decide construir su pueblo en una montaña apartada. Quizá, el segundo cuento venga a confirmar algunas cuestiones fundamentales del primero. Esto es, que la cohesión histórica entre los hitos de una vida podría ser el producto de una mirada particular, de una decisión arbitraria en torno a las cosas visibles. Una identidad podría ser el resultado de un entramado de imágenes unidas por el montaje. 

“Últimas piedras” narra la amistosa relación entre dos niñas separadas por una violenta estructura de clases, donde la primera, hija de un par de urbanistas, encuentra en uno de sus paseos por la playa a la segunda, quien, sumida en una pobreza evidente, resiste los maltratos físicos que le propina su abuela. La diferencia adviene a partir de la descripción de las casas: una estructura elegante, sujeta a la cuesta de un cerro y con un balcón hacia el mar, discrepa de un hogar pequeño, pareado, sucio, que se encuentra, quizá, en otro cerro, o bien, a los pies del paisaje. En este caso, la disputa por la construcción de los paisajes pasa por aquellas cosas que escapan del espectro escópico de las infancias. Pareciera que la niñez posee una mirada mucho más reducida en torno a las problemáticas que atraviesan al mundo, o bien, su mirada está mucho más condensada en los signos menores, tal como ocurre con una muñeca hecha de piedras y algunos estropajos. El cuerpo del juguete está fabricado con los residuos propios de una zona de sacrificio, lugar donde los pobres se entremezclan con las ruinas del desarrollo urbano. La protagonista, maravillada por la extraña belleza del artilugio, busca en su casa elementos para construir una propia, pero lo que encuentra pertenece a otro orden de objetos: papeles numerados, largos planos ingenieriles donde, posiblemente, aparecen los pasos para la futura destrucción de la ciudad donde su amiga sin nombre vive.

“Otros sacramentos” nos introduce en una historia mítica, misteriosa, donde un grupo de personas lleva a cabo una especie de peregrinaje en busca del Mago, el cual aparecerá en los momentos finales de una especie de apocalipsis. A primera vista, el texto pareciera enmarcarse en el género del horror fantástico. Por último, “Aguas de marzo”, cuento que comparte su título con el libro, nos relata el viaje de un grupo de niños en una balsa, lugar donde la violencia verbal de una niña en bikini acontece en el cuerpo gordo de uno de los pequeños. Su insistencia burlesca en los “rollos” de su acompañante, producirá un desenlace fatal.

Como quizá se pueda evidenciar, los relatos de Bruno Jara van decayendo a nivel de complejidad. Las preocupaciones de los primeros tres relatos parecieran ser más amplias, sobre todo si volvemos al asunto del paisaje. Aquellas dos categorías que mencioné en un principio logran entremezclarse con bastante agudeza, para luego ir particularizándose en textos que parecieran emular simplemente un prototipo de texto literario, tal como lo son los ambientes góticos, o bien, aquellos relatos de niños libres, sin formación moral, que practican sus deseos primarios a sus anchas. Quizá, si la estructura fragmentaria de los cuentos hubiera continuado a lo largo del libro, la armonía entre los diferentes registros y preocupaciones habría sido más adecuada, evitando así aquella visible separación entre un tipo de cuento y otro. De todos modos, la organización es justa. Aquellos relatos que están mejor logrados, tal como lo son “Entreactos” y “Libraciones de la luna”, adquieren la relevancia que les corresponde. En consecuencia, Aguas de marzo logra establecer su propio carácter a la hora de plantear una red narrativa, lo bastante sólida como para augurar en las futuras escrituras de Bruno Jara Ahumada un estilo identificable. Quizá, en nuevos textos, el autor siga planteando nuevas discusiones en torno a aquella injusta separación de los espacios interiores y exteriores, estructura que no es más que una ilusión respecto a cómo interactuamos con el mundo. 

 

Bruno Jara Ahumada