Por Santiago Luengo

 

A los inocentes que, durante la dictadura militar en Chile, murieron por ser pobres. 

 

María se despidió de sus hijas antes de salir de casa. Acercó la frente de cada una a sus labios pintados con tinte barato y dijo frases ininteligibles, a las que sólo ella podía atribuir sentido. Y sí que lo tenían, pues cada vez que cerraba la puerta de la destartalada casa sonreía, convencida que su rito protegería a los retoños de cualquier mal. 

Javiera se puso de pie minutos después de oír crujir la puerta. Gritó a su hermana que era hora y entró rápidamente al baño. Ahí tomó parte del agua que el camión había traído desde la ciudad el jueves para distribuir en el campamento. Llenó el tarro que poco guardaba de los usos que un día tuvo y, con ayuda de un jarro más pequeño, comenzó a rociar el líquido por su cuerpo, poniendo énfasis en las partes que consideraba más sucias. 

Valentina empezó a frotar sus ojos con los puños, la había despertado el grito de su hermana recordándoles cuán tarde estaban según el horario pactado hace una semana. Giró lentamente su cuerpo a un costado de la cama que compartía con Javiera y empezó a vestirse. No se bañaría esta vez, pues pensaba que la ducha no haría la diferencia si la ropa estaba sucia también. Ocupó su tiempo entonces preparando el desayuno. 

María había logrado avanzar unas cuadras y luego las piernas la detuvieron. En la oscuridad, un grupo de seres cubiertos de piel color diópsido entraban a las casas espoloneando las puertas, armados con lanzas de acero y balas de mortal calibre. Luego salían con algún vecino aún vivo para acabarlo pasando el marco de la entrada. “Manos detrás de la nuca”, dijo una de las criaturas, el hombre obedeció, pero cuando sus palmas llegaron tras su cabeza, un grito de a dentro le salió por la boca: “Antes muerto que sapo, perro conchatumadre”. Después, solo el silbido de la lanza atravesando la frente del sujeto. En seguida el cuerpo cayendo al piso embarrado. Al final una bota hundiendo la cabeza contra el suelo.  

Una vez Javiera estuvo lista, comenzaron a disfrutar de las rebanadas del pan tostado sobre la cocina, untado en mermelada y algo de margarina derretida. El café de trigo acompañaba la merienda que ya debía terminar. Tomaron sus mochilas y se dirigieron a la puerta, pero un estruendo de afuera las detuvo antes de salir. “Escuchaste, sabes lo que es, sabes a qué vienen”, dijo Valentina. “Pero no nos van a encontrar si nos quedamos aquí”, respondió la hermana, sin mucha seguridad sobre lo que decía. La primera se quitó la mochila y revisó nuevamente el contenido. “¿Vale la pena?”, exhaló la otra. “Claro que lo vale”, replicó Valentina. 

María intentó dar inicio a la retirada, pero sus piernas seguían heladas. Jamás imaginó empezar la jornada laboral de aquel modo y no entendía por qué estaba sucediendo tal alboroto. Ocasionalmente, aquellas criaturas irrumpían en la toma para buscar algo de valor, por eso los llamaban perros, sabuesos de los que podían pagar sus servicios. Pensar que hace mucho la gente los había apoyado para que los protegieran. Quién habría predicho en lo que terminarían convertidos. “Quédese ahí señora”, advirtió una voz. “Yo no sé nada, a mí no me vaya a echar la culpa”, contestó María, mientras miraba en la dirección por donde venía el sonido y continuó al darse cuenta a quién le pertenecía. “No se acuerda lo bien que lo pasamos hace algunas noches. Se podría repetir, si quiere”. El sujeto llevaba un traje aún más verde, más grande y con algunas estrellas colgando de los hombros y el pecho. Su expresión denotaba que, después de los dichos de María, le habían venido buenos recuerdos a la memoria. Eso hasta que aparecieron dos niñas tiradas de los brazos por uno de los sabuesos. 

Valentina se había quedado quieta tras la puerta luego de oír pasos de botas alrededor de la casa. Con una seña envió a Javiera para que cerrara las cortinas y estuviera atenta para advertir si ya se habían ido. Esta se acercó a la ventana improvisada y, con el mayor sigilo que podía tener, levantó la tela. “Creo que se ha ido, Valentina. ¿Valentina?”. No había rastro de ella, solo la puerta abierta era pista para entender lo sucedido. Segundos después, del arco que simulaba el marco de la entrada, avanzó la sombra que las acechaba. Tiró a Javiera de un zarpazo fuera del refugio. Amordazada en el suelo permanecía la otra hermana. Una mano del monstruo parecía suficiente para abrazar a ambas niñas, pero la resistencia de las pequeñas era considerable y por ello se vio obligado a usar también la segunda.   

Tras pocos minutos de molesta caminata, el perro se presentó frente al sabueso de más alto rango. María giró la vista para advertir que eran sus hijas las que a la fuerza habían llegado al lugar. “Sé quiénes son y por ser quienes son están ahora aquí”, exhaló el sujeto más alto y siguió: “La noche es terrible para guardar secretos”. La madre miró a sus creaciones con el rostro de quién advierte el peligro, pero no es escuchada. Quería hablar, usar palabras en vez de expresiones en el rostro, pero la esperanza de que aún hubiera esperanza la mantenía silenciosa frente a la escena. Dos semanas atrás, Valentina planeaba conocer a su padre. Había escuchado una conversación que su madre mantenía con él y de ahí que le surgió la idea. María siempre había sido reservada con el tema, sobre todo después de huir de aquel hogar de torturas en el que era mantenida. Siempre decía que lo había hecho por sus hijas, aunque en el fondo también lo había hecho por ella. Pero Valentina insistió y en un descuido consiguió el número y llamó. Acordaron reunirse. Él las iría a visitar y para eso necesitaba la ubicación. Pero ella dudó y en su duda sólo le indicó un lugar aledaño, distante, pero no tanto. Lo que no advertía Valentina era que aquel hombre, que en algún momento de su vida fue su padre, era mejor tenerlo lejos. Lejos con sus joyas estrelladas en las hombreras. Lejos con sus perros husmeando en la pobreza. Lejos con sus sombras y su oscuridad esmeralda. Lejos con sus lanzas de mortal calibre. 

“Se los advertí y no me oyeron”, pronunció la madre entre cejas. Luego de eso, el silbido de la lanza atravesó uno a uno los cuerpos. El superior guardó para sí la última, esa que estaba dedicada a María, la insubordinada, la mal educada, la hostil, la tosca, la muerta de hambre, la puta, la libre. 

En la mochila había papeles, paquetes de galletas, un gorro tejido a mano por la madre para el regreso y, envuelta en papel de regalo usado, una carta, una carta para papá.   

Fotografía de Juan Bosco Maino. Fuente: La mirada de Juan: exposición de Juan Maino, desaparecido en dictadura (impuremag.com)

 

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Santiago Luengo Fernández (Concepción, 1990). En el año 2013 recibe el título de profesor de Enseñanza Media en las disciplinas de Lenguaje, Comunicación y Filosofía por la Universidad San Sebastián. En 2016 edita, de mano de Opalina Cartonera, su primer libro: Del hombre y otras desdichas, antología poética que recopila una selección de trabajos adolescentes muy encasillados, a su juicio, en el poco rastro de humanidad que nos queda. En 2018 es finalista en la categoría cuento del XV Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro, con su relato "La cena de las cenizas", cuento que reconstruye la historia de Lisette, para la fecha la última víctima del SENAME. Ese mismo año es parte de la antología literaria Libro de jóvenes escritores n°7 de la editorial Autor/, con el relato "Gerundio", inspirado en las personas sin hogar que mueren en las calles durante el período invernal. En 2019 edita la antología de cuentos y poemas Memorias de lo no ocurrido, recopilatorio de los escritos creados en el taller escolar de producción literaria “Antítesis”, realizado en el colegio Gaspar Cabrales de Los Álamos. Además, participa por tercera vez como jurado en el Tercer Festival de Artes y Letras de Arauco, organizado por el CEIA Paul Percival Harris, y en el primer concurso de cuentos Yumbel en —más o menos— cien palabras, organizado por el Colectivo de Artes y Letras de la comuna de Yumbel. En 2020 publica su segundo libro, Poemario de noche, editado por Aguja Literaria. En ese año, su relato "Nosferatu" es destacado en el Concurso de narrativas 2020 #QuedateEnCasaEscribiendo, organizado por la editorial de la Universidad Nacional de Córdoba y publicado en una edición digital de la antología. También obtiene una mención honrosa en el Primer Concurso Literario de poesía y cuento: Julio Cortázar, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores, por su cuento "La cena de las cenizas".