Por Benjamín Hernández Bastarrica

Escrito con estilo frenético e ímpetu juvenil, Matacola, de Taiel Acevedo, es el primer libro publicado por Inti ediciones, editorial independiente surgida este año actualmente dedicada —o a lo menos primordialmente— a la publicación de poesía y que posee por proyecto editorial la elaboración y difusión de escrituras disidentes. No sería coincidencia, pues, que este sea su primer libro, pues Matacola se lee como una suerte de manifiesto, un canto dirigido como testimonio de las circunstancias juveniles que antecedieron a nuestras adulteces más recientes, así como de sus respectivos e intermedios procesos de formación y desencanto.

Divido en once partes —o en once poemas mayores desglosados en poemas más pequeños—, este carácter cántico del texto es sugerido a partir de su primer poema, homónimo del título, a modo de introducción, teniendo por cometido la insinuación de lo que sería, a juicio del hablante, el carácter ‘espiritual’ de nuestro tiempo:

"porque nacimos de las grietas que siguen ahí y no nos pertenecen / de los museos para nunca olvidar y de los ojos fríos de los generales / de estatuas confrontadas y edificios con agujeros de bala / creyendo la mentira de que el pasado fue mejor y el futuro es esperanza."

Cada parte se abre con dos epígrafes, que en la mayoría de los casos se constituye entre algún fragmento de un poeta, la mayoría de las veces canónico, y luego una serie de versos pertenecientes, también en su mayoría, a algún artista contemporáneo, popularizado en su rubro y de importante alcance juvenil. De esta confluencia entre lo clásico y lo mainstream, lo pasado y lo nuevo, lo antaño y lo actual, se halla latente una declaración de intenciones a propósito de la forma vieja —la poesía— como vehículo para las nuevas experiencias de nuestro tiempo, para nuevos lenguajes, intimidades, formas de articulación de sí y del resto.

Los poemas, la mayor de las veces, se conciben como relatos, como acumulación de imagen tras otra, o como series de secuencias, pero que entre poemas a su vez intercalan con otras formas más cercanas al canto o al diálogo, más tardíamente como poema amoroso, moldeando así esta entremezcla con la experiencia juvenil formativa, acorde gradualmente al delineamiento de una primera subjetividad, un tanteo adolescente que deriva de las primeras vivencias, y luego, de las primeras interioridades, la formación de unx junto con todas las conflictividades que de ello resulta:

"Correr a las 17:15 / Correr sobre el cemento caliente / Correr sobre el pasto húmedo / Juntar la vaca / Entre dos llevar la java / En la mochila el vodka negro y el vino tinto / Encontrar a las monjas / Bailar al Sabat con J (…) Nublarse con los sabores amargos / Nublarse con los olores agrios / (…) y que se me seque la boca / y sentir frío. no miedo"

 

Matacola. Taiel Acevedo. Inti Ediciones.

 

En este proceso formativo, los poemas oscilan entre el lento descubrimiento de sí mismx, así como la ruptura continua a través de la indefinición de la identidad, la falta de referentes (“próceres”), la incomodidad del cuerpo, el miedo: “quiero poder elegir / la vida no es más que romper cárceles hasta abandonar la última por desgaste / nuestro cuerpo siempre ha sido a la medida”. La primera mitad hace hincapié en la sexualidad, el cuerpo, el espacio familiar y por ratos el urbano, entre existencialismo y pesimismo, entre la busca de sí, nuevos lenguajes para su encapsulación y la predisposición al fracaso; la segunda, por otra parte, asemeja más un oscilar continuo entre un canto de amor y un grito de guerra. Si la primera mitad era un conglomerado de experiencias, la segunda se siente ya como concretización de los años en el sujetx que habla, reflexionando respecto a la identidad disidente y empuñando en sus palabras el llamado a la resistencia: “conozcan su historia / no nacimos en el tiempo equivocado / el pasado no fue mejor y en el futuro no hay esperanza / hemos sido los enemigos de la historia (…) sólo nos acepta la historia si nos olvidamos del deseo.”.

El poema transita a un tono político más marcado, siendo las últimas páginas un poema tras otro dirigido a sus pares, llamando a la desesperanza pero a no desistir, siendo más bien, lo primero, una condición precedente que se debe abrazar como requerimiento para entender el alcance de la batalla: “el pecado no es elección cuando naces pecador / nuestra cruz cayó ardiendo / quemó las columnas griegas / quemó los vitrales góticos / quemó cada piedra / sólo quedó ceniza y el reconocimiento que ahí hubo sacramento / no necesitamos más cárceles."

Ya en el medio del poemario, este se ve interrumpido por una parte titulada “Ninguna pintura”, no muy larga, pero es, quizá, la sección más curiosa del texto: una intervención extraña, pues en ella se suspende brevemente toda la propuesta previa, y se asemeja por momento a una suerte de metapoema que busca constituirse acaso como crítica o parodia de otros manifiestos, como caricaturización de autoproclamadas poéticas experimentales, o como retrato del más típico abajismo anti-intelectual y anti-académico. Si bien ante todo el carácter pretendido aquí pareciera situarse entre lo lúdico y lo humorístico, su problema no sólo es el desencaje con el resto de las partes que le preceden y continúan, sino también lo poco interesante que resulta. En este sentido, y a propósito de la pretendida propuesta, bien pudiera considerarse exitosa sólo en la medida de que resulta fastidiosa de leer, si esa fuera en todo caso su intención. De no ser el caso, resultaría entre contradictorio e irónico que un poemario que busca ser contestatario en sus abordajes de la voz y representación de sujetos marginalizados denostara, en esta sección, aquel profundo conservadurismo tan duro concerniente a la producción y aprehensión del arte.

Aún así, Matacola no se convierte a partir de este desencuentro en una mala lectura. Como mencioné, las partes que preceden y continúan a este intermedio rupturista se ciñen a un modelo más o menos estable, variante ante todo en sus formas, pero que siguen una misma línea. El texto es interesante no sólo en su multiplicidad de temas, sino además en la propia escritura, muchas veces prolija, aunque todavía necesaria de mejorarse por segmentos. La variedad de tonos poéticos vuelven la lectura dinámica, aunque cae en el problema de estar algunos mejores logrados que otros. Finalmente, el texto se siente como una escritura rebosante de juventud y ambiciones. Sea quizá esto primero lo que convoca algunos de sus fallos, pues todavía se sienten varios poemas por pulirse. No obstante, es aquel mismo ímpetu juvenil lo que le entrega carácter y voz al texto, lo que permite la intensidad y fuerza propia de los adolescentes, emoción que el poemario persigue y describe en su segunda parte.

Domestic Scene. David Hockney (1963).