Por Marcelo Quinteros Fuentes

La palabra libro proviene, etimológicamente, del latín liber, que refiere, a su vez –y en un concepto aún utilizado en materia botánica–, a la parte interior de la corteza de los árboles, es decir, aquella que reside entre la corteza y la madera, donde se transporta la savia que nutre a la planta, con cuya celulosa, como es sabido, se fabrica el papel. Desde aquí es posible, entonces, pensar un vínculo material entre la escritura -por metonimia del libro- y el mundo vegetal, considerando el ejercicio de remitir al latín no como algo azaroso, sino como una consonancia lectora con el poemario Botánica (Oxímoron, 2023) de Ashle Ozuljevic Subaique, en el que una serie de nombres científicos de plantas titulan cada poema de “Taxonomía”, la primera parte del libro; un registro escritural que entrelaza información sobre biología botánica con las experiencias particulares de una hablante que, a partir de estas mismas plantas, despliega su nostalgia por la tierra, por el jardín del que se ha ausentado y vuelto físicamente lejana.

Esta experiencia, por lo demás, se volverá aún más íntima en la segunda parte del poemario, “Cuidados de un jardín”, cuyos textos, en su mayoría no titulados, están motivados por lo que la hablante expresa como “el ritual de mi alegría” (95), en el que dedicarse a las plantas se vuelve, en cierto modo, un dedicarse a sí misma en un espacio que se ha vuelto territorialmente indefinido, pero en el que lo más relevante es la compañía vegetal. De esta forma, se produce una simbiosis en la que el conocimiento científico con el conocimiento emocional y sensorial se complementan y potencian sin producir, a lo largo del texto, disonancia alguna. Relevante es, entonces, el rol de las ilustraciones que acompañan a los poemas y que, lejos de ser puramente ornamentales, constituyen un correlato que aproxima a les lectores a la materialidad del imaginario con el que trabaja la poeta.

Quisiera proponer, en este sentido, dos entradas de lectura a Botánica que convergen o, mejor dicho, se escriben entre sí: la representación del paisaje y la experiencia íntima. Al respecto, pienso en una cita de Rosario Castellanos: “la nostalgia va a ser sobre el paisaje, que fue, desde que nacimos, la costumbre de nuestros ojos” (208). Esto porque, en el poemario de Ashle Ozuljevic, el paisaje no se construye únicamente desde la contemplación, sino que también se re-construye a partir de un ejercicio de memoria y nostalgia, en el que aparecen los espacios de la casa y el jardín, así como los vínculos enraizados en ellos: la familia, el amor, el perro Wulf, la flora. Esta reconstrucción, en cualquier caso, no sería unidireccional, es decir, no es sólo la “costumbre” de la mirada la que determina el paisaje, sino que éste también la determina, mira dentro de ella, con lo que se niega, a la vez, toda verdad unívoca: “no se toca nada de lo que se toca/ los colores son impresiones producidas por la luz/ toda percepción es una mentira” (21).

De este modo, la experiencia del tacto, siguiendo a la mirada, constituye otra dimensión sensorial relevante en Botánica. En el poema “Magnoliaceae”, por ejemplo, se dice ante el crecimiento de una magnolia en el patio de la casa que “al mirarla se cierran los párpados/ y puede verse/ más allá de los ojos./ Salgo por la mañana a tocar las hojas fosilizadas” (47). El cerrar los ojos para poder ver, entonces, supone un vacío que mira dentro de la hablante y que se llena no sólo con el espacio –en este caso, la casa, el patio–, sino principalmente con aquello que, en su materialidad táctil, lo habita y permea de afectos: las plantas, que gatillando en la memoria permiten conocer el paisaje y re-conocerse a sí misma. 

 

Botánica, Ashle Ozuljevic Subaique

 

Retomando la idea del tacto, sin embargo, lo más notorio del libro sería el acto constante de cuidar las plantas, de relacionarse con ellas explorando sus texturas hasta el punto en que se dice “nuestras pieles ya comienzan a hermanarse” (95) y entre la hablante y la flora la comunicación se da en un mismo lenguaje vegetal: la hablante que deviene árbol, raíz y hojas, se inscribe por medio del tacto; la taxonomía botánica en su piel que encuentra, a su vez, una suerte de caricia; un reposo en el cuidado del jardín, en “quitar las raíces quemadas desprender todo brote de vida muerta persistir aun en mi memoria y no detenerme ahí/ eliminar/ también/ los brotes de mi muerte” (103).

Resuena también, en este contexto, el carácter erótico al que tornan algunos poemas del conjunto, y que tiene relación con el hermanamiento corporal e íntimo de la hablante con las plantas, anteriormente mencionado. Por ejemplo, en “Scabiosa Cretica / Scilla Peruviana”, la imagen vegetal articula un deseo sexoafectivo mediante el que se le habla a un ‘tú’ al que se quiere gustar en la forma de una scabiosa cretica: “permitir que ingreses/ por cada una de mis aberturas/ los orificios de la scabiosa/ en los que se pierde la mirada/ espejo frente a espejo” (57). Espejo frente a espejo, entonces, cuerpo frente a cuerpo, humana frente a planta, humana-planta frente a planta, planta frente a planta. La hablante no deja de observarse, de tocarse a sí misma en su relación botánica con el mundo, su botánica-manera de habitar la tierra y arar su memoria, para olvidar y para recordar, para seguir viviendo.

De esta forma, y a modo de cierre, quisiera detenerme en un poema de “Cuidados de un jardín” que trata sobre el cactus y elabora, además, un discurso metapoético que, me parece, ofrece una pista sobre el proceso escritural del libro. La manera en que este poema está dispuesto en la página, deja a entrever tres versos, por así decirlo, estructurales: “crear una imagen:”, que implica poner atención a cada singularidad, a cada partícula del mundo que contiene su propio mundo; “crear un sonido:” con el movimiento y el ritmo de las cosas y “crear un aroma:” del paisaje y sus partículas. Con esto, lo que se crea es un imaginario poético que, en su materialidad exterior, constituye a la hablante, que hace del paisaje una experiencia también íntima: “entonces descubrir/ el cactus entero/ que yace dentro mío/ y poder comenzar así/ a sacarme las espinas” (112).

En Botánica de Ashle Ozuljevic Subaique, de este modo, es posible hallar un poemario en el que la estructura y el contenido van enraizados de la mano. El lenguaje informativo confluye con el lenguaje lírico de forma tal que pareciera un registro cotidiano, en el que la fijeza y exactitud taxonómicas saltan al jardín y a la memoria, volviéndose parte de una experiencia sensible en donde, parafraseando un verso de Blanca Varela, todo vive lo otro. En esta dirección, “entrar es tocar por dentro” (23) tanto para la hablante que se adentra en el paisaje como para les lectores, a quienes el libro ofrece la simpleza de la albahaca, el ritual de su cuidado y la alegría difícil de recordar, a partir de su olor, la niñez en casa de la abuela, que sin el aroma de la planta sería, tal vez, nada más que olvido involuntario.

 

Ashle Ozuljevic Subaique