Por Sherzod Artikov

Traducción de Benjamín Hernández

 

—¿Qué le pasó a tu pierna? 

Como la puerta permanecía entreabierta, no me di cuenta de Nazokat irrumpiendo en la habitación.  

—A veces me duele mucho. —Arrugué la frente mientras me masajeaba la pierna  izquierda. 

Nazokat se quitó su bufanda negra, su traje borgoña, y luego colgó su bolso en el gancho del guardarropa. Hoy se veía más entusiasmada que ayer, su cansancio se había esfumado y era notorio que ahora ardía en ella el deseo por empezar con la lección cuán pronto pudiera. Inmediatamente se sentó frente al piano. 

—Beethoven estaría complacido conmigo —dijo mientras tomaba las partituras con la mano y les echaba una ojeada—. Estoy tocando sus sonatas tanto aquí como en casa. 

Me levanté tras doblar mis rodillas un par de veces.

—Queda poco para la competencia, debemos practicar. 

Nazokat deslizó sus dedos sobre las teclas del piano como si fuera una niña. 

—Mirando las partituras, puedo tocar sin errores, pero cuando lo hago de memoria, comienzo a equivocarme —dijo, reacomodando las partituras.

Luego de un rato, el piano Belarus comenzó a sonar igual que ayer, la sonata dedicada a una chica llamada Elise comenzó a resonar a través del cuarto. Miré a Nazokat en silencio, se esforzaba en no mirar las partituras. Conforme sus dedos recorrían las teclas gentilmente, concentró su mente en tocar. 

—Esta vez te equivocaste tres veces —dije, de pie y detrás suyo. 

Nazokat me miró inquisitivamente. Le señalé en las partituras en qué partes se había equivocado. 

—Deberías ir al doctor —dijo Nazokat, mirando mi pierna izquierda, ligeramente doblegada por el dolor—. Puedo practicar aquí sola. 

—No es necesario —dije, acercándome a la ventana y mirando al viento que hacía afuera. 

Entrené con Nazokat hasta la hora de almuerzo. La competencia organizada anualmente por el Centro Cultural de la ciudad entre jóvenes pianistas se encontraba a no más de dos días de distancia. Necesitábamos practicar cuanto pudiéramos. 

—A veces quisiera romper las partituras —dijo Nazokat antes de sentarse, una vez llegamos a un café cerca de la universidad—. Me inquietan.   

—Estás cometiendo errores sin ellas, ya lo verás. 

—Tú no cometes ningún error —continuó—. Yo igual puedo aprender.  

Ordenamos un par de tazas de café. Era inicios de octubre, un viento fuerte soplaba desde hace dos días, el clima se puso amargamente frío. Un café caliente cae como anillo al dedo durante esta época.  

—¿Por qué elegiste a Beethoven para la competencia? —preguntó Nazokat, sorbiendo su café lentamente—. Si dependiera de mí, elegiría a otro compositor. 

—Beethoven compuso obras perfectamente adecuadas para este tipo de competencias —contesté—. Esa es la razón. 

—No solo Beethoven, también Chopin y Strauss —dijo pensativa—. Estoy harta de tanta rigidez. 

Volviendo a dolerme mi rodilla, comencé a masajearla nuevamente. Estuvo callada por un momento: 

—De verdad deberías ir a un doctor, no te resistas. Puedo estudiar por mí misma. 

—Finalmente me persuadiste —dije, con una sonrisa imperceptible sobre mi rostro.  

Nazokat estuvo trabajando con diligencia. Incluso sudaba un poco para cuando regresé. 

—¿Son esos dolores consecuencia del accidente de auto? —preguntó cuando me senté en el marco de la ventana para fumar. 

—Sí, me dañé la rodilla seriamente y desde el accidente que sufro de dolores crónicos.

Nazokat tocaba la sonata con excelencia día tras día. Estaba encantado con su ejecución, la cual se encontraba cercana a la perfección durante aquella jornada. Luego de un rato se fue. Antes de subirse al taxi, miró a la ventana donde me encontraba fumando. Nuestros ojos se encontraron por un momento, y con vergüenza corrí las cortinas y me alejé de la ventana tirando el cigarrillo hacia el cenicero. Nazokat me llamó durante la noche a mi casa mientras yo leía las cartas de Beethoven traducidas al ruso.  

—¿Cómo está tu pierna? ¿Mejor? —preguntó apenas contesté. 

—Aún siento un dolor leve —respondí con franqueza. 

—Tengo que decirte algo: quiero practicar desde mi casa, ¿puedo?  

—Como gustes —respondí, pensando que debía tener una razón válida. 

El día que la competencia tomaba lugar, me reuní con Nazokat en frente del Centro Cultural. Su cabello largo que solía acariciar sus hombros y cintura todo el tiempo lo traía recogido en un peinado moderno. Por fuera, parecía alegre tratando de esbozar una sonrisa, incluso si sus ojos lucían hundidos y cansados. Estaba con sus padres y su mejor amigo. 

—¿Cómo te sientes? —Tenía una expresión preocupada sobre su rostro. Como la 

rodilla me estuvo doliendo toda la noche, me veía un poco patético. Continuó—: Te ves exhausto. 

—Vamos al salón —dije, sugiriéndole con mis manos que mi salud estaba normal. 

Nazokat me siguió, entramos al salón y todos los organizadores de la competencia nos acogieron calurosamente. El salón no estaba tan lleno. Había unas cien personas: la mayoría de ellos familiares de los participantes y cabecillas de clubes, el resto eran amantes de la música clásica. Alrededor de veinte participantes habían asistido. Luego de introducir a los jueces que calificarían a los participantes uno por uno, la competencia comenzó. Conseguí asiento en la primera fila donde el piano marrón en el centro del escenario podía verse con claridad. 

Los primeros tres concursantes eran mucho menos talentosos que Nazokat. Lo sentí de todo corazón mientras tocaban piezas de Chopin, Rajmáninov y Shostakóvich: las notas se mezclaban en el aire. Otros concursantes estaban a lo mucho al mismo nivel que Nazokat. Sólo el noveno de ellos —un tipo alto— ejecutó exitosamente una pieza musical de Schumann. 

—Siguiente participante: Nazokat Akhmedova —anunció una mujer—. Pieza: «Vals de la lluvia»; compositor: Akmal Rustamov.

Me quedé pasmado. Nazokat apareció en el escenario, mirando alrededor antes de sentarse frente al piano. Sus ojos se hallaron con los míos, y tomó asiento poniendo sus partituras en el banco del piano, no en el atril. Iba a tocar sin ellas.  

No pude correr la vista de ella, como si mis ojos estuvieran suplicando y diciendo: «¡Suficiente! ¡Ya basta!». Sentí una angustia demoledora en cada nota, el vals continuaba sonando. El salón entero la escuchaba serenamente, sólo yo batallaba con mis recuerdos en lo que sentimientos extraños me embargaban tiñendo amargura en mi rostro. Nazokat tocaba la música que yo había compuesto antes de que un accidente automovilístico arruinara mi vida. Esa tragedia que me sumió en una miseria insoportable. Ahora cada vez que tocaba, mi corazón se contraía. Tal vez por eso sólo interpreté esa pieza tres veces, luego sepultándola en una carpeta donde por años estuvo acumulando polvo. 

El vals terminó, fui a los bastidores donde Nazokat observaba la presentación del siguiente participante. 

—Aquí están tus cosas —dijo, entregándome las partituras. 

—¿Por qué hiciste eso? —contesté, estrujándolas. 

Nazokat prestó oído a la rapsodia de Liszt por un rato y luego contestó: 

—Está tan maravillosamente escrita, de verdad era mi deseo más profundo…

Caminé de regreso sosteniéndola por la axila. Todos los participantes terminaron sus interpretaciones y venía siendo hora de anunciar la decisión final de los jueces. Luego de una larga discusión, el jurado premió al muchacho alto que había tocado perfectamente la pieza de Schumann. Nazokat obtuvo el segundo lugar, sus padres y su amigo la felicitaron.  

Luego de que acabara la competencia los organizadores me pidieron mi opinión y valoraciones. Me fui luego de un breve intercambio de ideas. Viéndome irme, Nazokat se dirigió hacia mí corriendo.

—¿Estás molesto? —dijo, de pie en frente mío.  

—¿Debería estar contento? —respondí, intentando no mirarla—. Primero, abriste viejas 

heridas; segundo, hubieras ganado de haber tocado la sonata de Beethoven para la cual te estuviste preparando. 

—Ya te lo había dicho —suspiró profundamente—. Estoy cansada de tanta rigidez. 

¿Hasta cuándo seguirán solo tocándose piezas de Beethoven o de Chopin? Tú también has escrito buena música. 

Sin querer continuar la conversación me fui. El viento soplaba afuera: hojas amarillentas se arremolinaban por el cielo, cayendo sobre el asfalto y cambiando de posiciones. 

—El accidente fue un infortunio —dijo, siguiéndome—. No fue tu culpa. No tienes que 

culparte por la muerte de tu esposa. No has ni cumplido los treinta y ya te enterraste en vida. Abrí la carpeta en tu mesa, la cual contenía sonatas y valses increíbles, lo juro.

—¡Era yo quien tenía el volante! —le grité—. ¿Lo entiendes? ¡Eran mis manos las que lo sostenían mientras componía ese maldito «Vals de la lluvia» en mi cabeza! Hice una maniobra equivocada con todo eso en mente…

Nazokat lloró y quiso acercarse a mí, pero la detuve con una mano.   

—Mira cómo las hojas crepitan y se arremolinan. No te quedes en este viento. Mira, tus padres y tu amigo te siguieron hasta acá. Comparte con ellos tu logro. ¡Ve!

Nazokat no reaccionó. Di un paso adelante y me alejé. Acercándome a la parada del bus, me di cuenta de que no podría tolerar la espera de éste y llamé a un taxi que me recogió de donde tendía cara a mi pasado. No había necesidad de volver a casa, fui a dar un paseo a la plaza. Había una bandada de palomas, pasé mi tiempo entre ellas. Decidí volver a mi lugar de trabajo. No tenía lecciones ya que era mi día libre. Sólo quería esconderme en mi oficina y tocar el piano. Subiendo las escaleras, me sorprendí al ver a Nazokat en la puerta.

—¿Planeas siempre aparecerte así? —dije, apoyándome en la pared. 

—Siempre… 

 

Martha Argerich. 1966, a la edad de 25 años.

 

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Sherzod Artikov (1985) nació en la ciudad de Marghilan, Uzbekistán, y se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana en el año 2005. Sus trabajos son publicados de manera recurrente en la prensa nacional. Su primer libro de narrativa, Sinfonía de otoño, fue publicado en 2020. Fue uno de los ganadores del premio nacional de literatura "Mi perla regional", en la categoría prosa. Publicó en revistas electrónicas de Rusia y Ucrania como Camerton, Topos, y Autográfo. Asimismo, sus historias han sido publicadas en revistas y páginas electrónicas  de Kazajistán, Estados Unidos, Serbia, Montenegro, Turquía, Bangladesh, Pakistán, Egipto, Eslovenia, Alemania, Grecia, China, Perú, Arabia Saudita, México, Argentina, España, Italia, Bolivia, Costa Rica, Rumania y la India.