Por Nicolás Aragoita

La línea sucesoria masculina se había congregado en el patio, rindiendo culto a la carne que se asaba sobre la parrilla. Ninguno de los hombres quería que la ansiedad le gane y, por lo tanto, se aguantaba conjuntamente las ganas de entrar a preguntarle a alguna de las mujeres si sabía algo. Todos, incluyendo Juan Primero y su eficiente audífono, estaban pendientes del posible timbre del teléfono desde dentro de la casa. Era cerca del mediodía, por lo que ya deberían tener noticias del hospital, fue a la madrugada cuando Juan Quinto les avisó que la chica entraba en trabajo de parto. Juancito, o directamente El Quinto, era bastante nervioso e inseguro, pero se había adaptado a la situación mejor que algunos de los otros: Juan Tercero directamente se desmayó, a sus quince años, cuando iba a nacer Juan Cuarto y, a la vez, éste último negó en su decimoquinto cumpleaños ser el padre biológico de Juan Quinto. Como si se pudiera eludir así una herencia ancestral.

Mientras adentro se preparaban las ensaladas y postres, haciendo correr los chismes del barrio, los Juan se congregaban alrededor de la larga mesa de madera a la sombra de un árbol cuyo nombre nativo no podían acordar. Tácitamente, se ordenaban de manera descendente: en la cabecera, Juan Primero; a la derecha su hijo, Juan Segundo; luego el hijo de éste, Juan Tercero; y finalmente Juan Cuarto. Los cuatro esperaban novedades de Juan Quinto, mientras la botella de vino descorchada permanecía tímida sobre el tablón. Todos estaban especialmente reacios a la bebida ese domingo, como si eso pudiera inclinar la balanza hacia alguno de los presentes de manera nefasta.

—¿Llegaremos todos a conocer al bebé? —se animó a decir Tercero, que estaba cansado de prestar atención al canto de los pájaros.

—No sé si es una cosa inmediata, la verdad —respondió Segundo—, pero estaría bien tener una foto de todos juntos, al menos.

—Sería lindo un Juan Sexto, ¿no? —La mano de Cuarto se acercó a la botella de vino, pensando que al ser el más joven de los presentes era más inmune que el resto a una intoxicación espontánea.

Hubo una breve atmósfera de tranquilidad, hasta parecía que la tensión que se había acumulado ese día, el día del nacimiento, se hubiese desanudado. El clima acompañaba a la sensación de bienestar que se iba contagiando; el abrazo del sol era agradable y la humedad no sobraba ni faltaba. Uno propuso jugar a las cartas, otro gritó hacia la casa para que apuren con la ensalada rusa y el vino tinto empezó a circular, desangrándose en los vasos de acero inoxidable. Todos se sirvieron en mayor o menos medida, menos Primero. El viejo estaba reclinado en su silla, con sus setenta y cinco años llenando la cabecera de la mesa, sin mostrar achaques mayores. 

—No se hagan ilusiones —su voz no había perdido claridad con las décadas—, nunca hubo seis Juan Pérez. Ya tendrían que haberse hecho a la idea.

El ánimo general cayó en seco. El nombre compartido, tan ajeno porque todos en el pueblo los llamaban numéricamente, sonó como una antigua maldición. Victoria, la noviecita de Quinto, se había reído cuando le contaron la historia del linaje masculino de la familia; comentó que habían hecho del nombre más común de Argentina algo exclusivo de ellos. Ningún otro Pérez que supiera sobre esa rara herencia bautizaría así a sus hijos varones. También le divertía la supuesta exactitud entre el nacimiento de cada Juan de la familia: quince años. Cuando un Juan Pérez cumplía esa edad, tenía a su primogénito; siendo el único varón que podría engendrar en su vida. No estaba muy dispuesta a creerlo y, sin embargo, estaba a punto de parir al Sexto. Aunque técnicamente pasaría a ser el Quinto, porque nunca hubo seis Juan Pérez al mismo tiempo.

—No tiene por qué ser tan tajante, papá. —Segundo dejó a un costado el mazo de cartas españolas que estaba barajando. De repente, el ambiente no estaba para timba.

—Una semana antes de que nazcas vos, mi abuelo Tercero se cayó del caballo y se quebró el cuello. Muerte en el acto. —Los ojos de Primero brillaron con la fuerza del pasado—. Era buen hombre, pero todavía mejor jinete: a sus cuarenta y cinco años no había fiera que no pudiera domar. De ahí pasé a ser Cuarto, por sucesión, y vos naciste Quinto.

—Capaz estaba borracho, no es que sea muy difícil de explicar. —La risa del actual Cuarto ya sonaba a alcohol.

Todos se callaron. La leña crepitó con fuerza y Tercero aprovechó para ir a revisar la carne, mientras seguía prestando atención a lo que pasaba en la mesa, a cuatro metros de ahí. Nadie nunca contrariaba a Primero, había una legitimidad intrínseca a la vejez y el título. Pero, aunque estaba a punto de ser abuelo, Cuarto tenía treinta años y la altanería propia de la edad.

—Siempre andaba tomado, sí —el viejo endureció un poco el tono—, pero así y todo no había paisano que lo iguale por la zona.

—Andá a saber…

—Hijo, no seas maleducado. —Tercero se había parado junto a él, con el atizador en una mano y la otra en el hombro de Cuarto. No quedaba claro si el gesto era una súplica o una amenaza.

—Lo único que digo —el muchacho casi gritaba—, es que si están tan seguros de que no puede haber seis de nosotros, lo normal es que… fueran los primeros números. Es cosa de la naturaleza.

Había tanto miedo como enojo en esa declaración. Cuarto se encontraba en ese transición en que debía aceptar las condiciones de la existencia común a su genealogía, donde celebrar un nacimiento era indisoluble de llorar un funeral. Por eso Segundo pensó con cuidado las palabras, esperando que el muchacho vuelva de adentro con otra botella en la mano y todos retomen sus asientos. Cuando Cuarto descorchó el tinto, salpicando un poco la mesa, su abuelo comenzó:

—No funciona así, querido. Uno siempre cree que la voluntad de Dios es llevarnos a los viejos antes, porque ya vivimos. —Tenía un timbre tranquilo y reconfortante, un nuevo complemento adquirido en su camino hacia su futura posición de Primero—. Sin embargo, las cosas pasan distinto: enfermedades, robos, accidentes o suicidios. Nunca se sabe, pero lo mismo duele.

—También con los nacimientos. —A diferencia de su padre, el tono de voz de Tercero era atropellado y chillón, generaba cierta ansiedad. No ayudaba que esté masticando un pedazo de morcilla caliente—. Yo de chico juré que no quería ser padre, y para los quince ya andaba comprando tus pañales. No se le puede esquivar: o falla la protección o uno promete castidad y después se presenta la oportunidad ideal con una chica irresistible o andá a saber qué cosa. Es así… 

—A veces hablan como si fuera un milagro y otras un gualicho. —El muchacho se dirigió a Segundo, con una mirada torcida—. En ese caso, ¿cómo andás del corazón, abuelo? Estuviste jodido el año pasado… 

En la cara de Cuarto se desfiguraba una sonrisa borracha, pero su abuelo no dijo nada. Tercero, en cambio, se levantó tan rápido que tiró la silla de plástico con el envión. Miró a su hijo, contrayendo la jeta roja de ira y haciendo una pausa para elegir las palabras; buscando suavizarlas o cargarlas de dolor. Unos segundos de expectativa rondaron hasta a los sapos del cantero, salvo a Primero, que le pasaba un trapito a la madera junto a su vaso aún vacío.

—Si alguien se va a terminar matando —dijo finalmente Tercero, tembloroso—, ¡vas a ser vos junto con tus amigotes! ¿Acaso te pensás que el comisario no me cuenta de las corridas que hacen por la ruta de noche? Vas a ser abuelo y te portás como un chico, vergüenza me das…  

—¿¡Qué vas a saber vos de las carreras!? No te podés caer ni de un caballo porque no servís para subirte siquiera, menos que menos a un auto de esos. —Cuarto se había parado también, con las pupilas clavadas en las de su padre—. Además, qué culpa tengo yo de que parimos como conejos en esta familia de mierda.

Tercero lo agarró del cuello de la chomba con las dos manos, sacudiéndolo como a un nene. Empezaron a forcejear, con los gritos llenos de puteadas, mientras Segundo intentaba separarlos sin mucho éxito. Tiraron un caballete, una de las tablas de la mesa se cayó, el pan de la cestita ya estaba lleno de hormigas y Primero miraba sin decir nada, todavía quieto en su cabecera y medio ensimismado. Por el escándalo no se percataron de Jacinta asomada a la puerta, que se refería a todos con el mismo tono porque era esposa, nuera, madre y abuela de los respectivos presentes en el patio. De haber querido marcar diferencia con alguno de los cuatro, jamás hubiese podido decidir a cuál le debía mayor lealtad.

—¡Paren, animales! —El enojo de la mujer, como la expresión de sus brazos, se desmoronó hasta la angustia—. Llamó Juancito. La criatura… el nene, nació muerto.

Los tres se quedaron quietos, de pie entre las ruinas del conflicto, desalineados e inexpresivos. Primero, aún en su silla, se llenó el vaso de vino con un leve temblor de la mano y, antes del primer sorbo, dijo: 

—Bueno, eso nunca había pasado.

 

The death of the year. Charles Sims.

 

 

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Nicolás Aragoita, Argentina. Es profesor, así como Licenciado en Filosofía.