Anne and tree

Lauren Rosembaum

 

Por Antonia Fernández Fuentealba

Para poder encontrar el lugar que te da paz debes cerrar los ojos, sentir tu respiración, tomar conciencia de lo que te rodea en el lugar donde estás sentado, cómo está tu cuerpo, pensar en lo que te hace feliz, recordar lugares, personas que te hagan sentir contento. ¿Lo encontraste? No es difícil.

Recurrí a esta técnica debido a las constantes pesadillas que sufría por la noche. En un principio, los sueños trataban sobre mis miedos a ciertas criaturas, como a una araña gigante intentando devorarme o el miedo a algunas sensaciones como la soledad, aun estando en lugares llenos. Despertaba agitada y sudando frío, hasta que empecé a imaginarme descalza, caminando con un camisón, en el ocaso, por la orilla de un lago en el que se reflejaban las nubes de lo quieto que estaba, y a lo lejos, se divisaba la imagen borrosa de un alerce tan grande como el tiempo mismo. Al acercarme, más me sumergía en el sueño profundo observando aquel árbol. Esto me sirvió en contadas ocasiones, ya que, cuando el tiempo en que dormía era más largo, más nítida se tornaba la imagen del alerce, hasta que terminé observando un cuerpo colgado de las ramas y ya no sirvió más imaginarme el lago para poder dormir.  Se transformó en mi nueva pesadilla recurrente. El cuerpo sin rostro ahora tenía un aspecto similar al de una mujer.

Me sentía cada vez más intrigada por las constantes apariciones, tanto así que se transformó en una especie de mal recuerdo olvidado. En la última ocasión, me aproximé por completo al cuerpo colgante y tuve que escalar por las ramas para descubrir su rostro, detrás de su cabello. De pronto, una fuerza inexplicable me azotó contra el suelo, como si fuese lo que necesitaba para recordar aquel rostro que alguna vez reconocí como propio, aquel momento olvidado en la memoria porque ya no había motivos para recordar una vez que se está muerto.

 


 

Antonia Fernández Fuentealba . Estudiante de Medicina de la Universidad de O'Higgins