Por Ismael Ugarte

Bendecido por una vista privilegiada, el hombre se encuentra sentado en una piedra, de frente a ese extenso océano que le moja los pies al acantilado muchos metros hacia abajo. Las escasas mechas lisas en su cabeza son hilos blancos que quieren seguir la dirección del intenso viento. Una embarcación menor, pero a toda marcha, convertida en un bisturí, tajea el mar por el centro, como en una autopsia. ¿Qué es esa bulla?, se pregunta. ¡Mierda! Otra vez el celo de la perra.

A ambos perros, hermanos macho y hembra, de espaldas induciendo las caricias, las pulgas les brincan, como burbujas efervescentes de una bebida carbonatada, sobre las guatas tirantes hinchadas de parásitos. El paisaje a su largo y ancho es desértico de modo que procurarse uno de esos baños quita-plagas constituiría una odisea para los animales. 

El hombre, su dueño, es ciego. Unas cataratas espumosas le bajan por sus retinas. Con todo, se las arregla bien para llenarles de agua un tarro, originalmente de cemento, y una palangana rostizada con legumbres. Los días buenos puede que haya trozos de carne. Hasta este día, hasta el día de hoy, cuyo fin es solo resistido por una franja de lava en el horizonte, se las arregla.

En la época que veía correctamente acostumbraba a “correr la vista” ante situaciones que le causaran aunque fuese el más mínimo malestar. Así que al momento de recibir la noticia, la de la enfermedad a los ojos, cual jubilación anticipada, esta no le vino para nada mal. Lo cierto es que antes de perder la vista le costaba mucho confiar en las cosas. Las cosas dejan de querer engañarte y toman su forma real cuando te tocas con ellas. Eso es lo que el hombre piensa ahora.

El hombre despierta con el barullo que hay afuera. El rayo de sol que entra por la rendija en el techo le pega en la cara. Más blanco, más negro, es la gama en que ve ahora. Los perros están inquietos; uno no para de ladrar y la otra cuando se cree que ya no llorará más, prosigue el gimoteo donde lo dejó. No puede confiarse del silencio. Tal vez de ninguno de sus sentidos.

Se decide a salir de la casa y, siguiendo la pista de los reclamos perrunos, pronto termina agachado, de rodillas en el piso de tierra. El perro, su perro, ese larguirucho de trufa negra y blanca, se abalanza y le lengüetea los labios. ¿Y la perra? ¿Y la maldita perra? El hombre por fin da con el lomo de la perra, pero hay algo que no calza, que le sobra; más allá de la cola, descubre a tientas, como un pianista recorriendo su instrumento, que otro perro empieza de atrás hacia adelante. No es mucho lo que puede hacer. Está ciego, viejo, ¿muerto? Se pregunta también algunos días, en un calendario sin fechas. El perro desconocido, uno blanco tipo lobo y muy peludo, se lleva arrastrando a su perra. “En cuatro patas” él escucha el barrido de la tierra. El alejamiento. Conforme esto ocurre, unas pulgas le saltan a la barba desde el lomo de su perro, el cual ahora le lame la oreja. 

Avisado por la picazón, el resto de la tarde se la pasa ensimismado tocándose las ronchas que le van brotando a lo largo y ancho del cuerpo. Algo que le cambió la vida fue darse cuenta de que estando ciego pasó de ver la vida exclusivamente adelante, a sentirla a su alrededor. Un 360. Y a mayor distancia, en comparación de los pocos metros visuales con que antes se conformaba. ¡Qué lindo! Qué hermoso es que todas las agujas del reloj tengan el mismo valor. ¿Dónde? ¿Dónde estás lagartija? La vedad, ya no me importa.

La luna llena ilumina el ranchito. El viejo camina sobre las tumbas. El patio es un cementerio de animales. Le ha tocado enterrar a varias —muchas más de lo que él hubiese querido— de sus mascotas. Perros envenenados por los vecinos o atropellados, perras muertas al parir, gatos enfermos o mordidos por los mismos perros. Se pasea entre las piedras y palos, intentos de lápidas. En la cama se saca el pantalón, los calzoncillos y unos segundos más tarde, con los labios recogidos y emitiendo el sonido de chasquidos, se desahoga al ritmo de la mandíbula, un movimiento involuntario que le apareció de viejo. 

La mañana no trae sorpresas y vuelve a despertarse con los llantos de su perra. Tan solo pensar en una nueva camada de cachorros mosconeando o uno arriba del otro viajando en una bolsa risco abajo, lo enferma. En su calzoncillo largo de un blanco algodón, sale al alba y empuña su herramienta más preciada: un hacha de mano, una que, vez que puede, pone a silbar.  

Da rápido con la bestia de ocho patas y dos cabezas y con la hoja de metal mide, así como cuando le toca cortar leña, el punto de contacto. Un toquecito en la columna del macho, dos toquecitos… y ¡FIIIZZ! Se escucha un breve aullido, uno cortado al inicio, tras lo cual el animal cae sin vida al suelo. Conforme la acaricia, el hombre le habla a la perra: Tranquilita ahora no tendrás que preocuparte de quedar preñada… Pero esto no logra callar los fuertes ladridos de aquella hembra.

El viejo se sienta complacido en su silla de mimbre desguañangado, el sol empieza a calentar. La luz blanca, más allá de sus ojos, penetra en su cerebro. Y es cuando levanta una pelota de tenis pinchada y llama a su perro fiel y este no entrega pistas de existir, y cuando siente un perro, cuyo olor y ladridos en nada se parecen a los de su perro, que entiende que por apresurarse ha cometido una terrible equivocación. 

Sin necesidad de ocupar el tacto de sus manos arrugadas, la forma real que tan sereno lo ha tenido en el pasado se da lugar; la oscuridad blanca ha dejado de ser su amiga y como nunca el hombre ruega por una imagen distractora. Por favor, cualquiera distinta a la que repica en su cabeza. El cuerpo inerte y partido del perro del viejo cuelga del trasero de su hermana, es lo único que por el momento impide que el perro desconocido, ese blanco como un lobo y muy peludo, consiga montársela, íntegramente.

 Second Version of Triptych. Francis Bacon (1944)

 

 

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Ismael Ugarte. Periodista chileno.