Ten cuidado a quien le haces promesas y juramentos, especialmente con quien haces trato. En este último, a diferencia de un contrato, se empeña el alma. 
Don Cotona

Todos conocen al “Bello Juan”, como le dicen a Juan Aburto, un joven muy apuesto y buen mozo que vive a las afueras del pequeño Villorrio de Millapoa, siempre bien limpio, con buena pinta. Lo caracteriza su cabello brillante, engominado, peinado hacia atrás y muy bien cuidado. Sus amigos y los vecinos del sector lo consideran un joven con mucha suerte, al extremo que normalmente, cuando apuesta en las carreras de caballos, siempre gana. También tiene fama de don Juan, ha estado a punto de casarse y en el altar se le ha descubierto teniendo otra mujer, si no, inventa cualquier subterfugio para no concretar el compromiso. No se tiene el número de cuantas novias ha tenido, pero lo cierto es que para el bello Juan nada es imposible. El dinero nunca le escasea, eso le ayuda a la hora de pintar frente a las mujeres. Aún quedan algunas inocentes que lo consideran un buen partido y se dejan, voluntariamente embaucar por el “Bello Juan”. 

Juan Aburto vive solo con su Madre, es el menor de siete hermanos, los demás se fueron al sur en busca de trabajo, cosa que escasea hace mucho por estos terruños. Su Padre falleció el año pasado bajo extrañas circunstancias. Cuentan algunos que el viejo había hecho un trato con Satanás a cambio de tierras, y que, a la hora de pagar, este se quitó la vida a las doce de la noche, en la víspera de San Juan. Así, el Mandinga nunca le podría cobrar y dejaría a su familia bien puesta. Nunca se supo a ciencia cierta si esto fue verdad, lo único cierto es que ni su esposa ni el propio Juan han podido explicar, verdaderamente, como aparecieron las escrituras de diez hectáreas de tierra a nombre de Marcelina Quintana, la esposa del finado y Madre del bello Juan. Este último se ríe de las habladurías de la gente ignorante, como dice habitualmente. 

En su hogar nunca les ha faltado nada, Juan siempre ha sido muy preocupado de su Madre y de su casa. Todos los domingos por la tarde se cacharpea, ya sea para asistir a un partido de fútbol o a las carreras de caballos o de galgos que le gustan por igual. Se levanta temprano en la mañana, saluda a su Madre, desayuna con ella, luego, su Mamá le hace la misma pregunta de todos los días: ¿adónde vas hoy Juan? Y él cada vez responde… a ver a don Sata Mamita. No bromees con eso Juanito, le dice su Madre. Por las mañanas, realiza todas las labores propias del campo y sale, normalmente después de almorzar, a echar una vuelta al pueblo, por negocios, como dice. También suele acudir a ver a alguna muchacha del sector, a corresponderle su amor. Todo transcurre tranquilamente, hasta que un día, como de costumbre, domingo por la tarde, se pone su mejor pinta de ropa, ensilla su caballo, se despide de su Madre; ella de nuevo le pregunta: ¿hacia dónde rumbeas hoy, hijo? Ya sabes Mamá. Ah, sí, le dice ella, ya sé a quién vas a ver, un día de estos te vas a encontrar de verdad con don Sata y ahí te quiero ver. Juan sale riendo, yo no le temo a ese caballero Mamita, dice, yo no le tengo miedo a nadie, adiós, y se fue rumbo al pueblo, a sus quehaceres, pero el bello Juan nunca sospechó siquiera que estaba por ocurrirle uno de los acontecimientos más extraños en su vida.

 

Le coup de vent
Camille Corot

 

Se fue silbando una vieja melodía ranchera, de esas que todo el mundo en el campo conoce. Al tranco de su caballo, llegando al pueblo, se encuentra con una hermosa y elegante muchacha que camina por la vera del camino. Esto de por sí ya es extraño en este lugar; se le ve morena con una larga cabellera negra, tiene unos ojos bellos, de esos que de solo mirarlos te embrujan, y un pequeño lunar bajo su boca que acentúa, aún más, su belleza. Tenía puesto un vestido de color rojo adornado con bellas flores y encajes que dejaban ver, debajo, dos bellas pantorrillas con finos tobillos, además de unos hermosos zapatos de charol negro que brillaban a la luz del sol, todo coronado por un hermoso y exótico caminar. Lo cierto es que era de una hermosura poco usual. Juan pasó al lado de ella, notó que lo ignoraba. Después de pasar por delante, la miró hacia atrás: ¡Buenas tardes, señorita!, ¿Cómo está usted?, le pregunta. La bella chica no lo saluda, en cambio, le sonríe, lo mira medio de lado, luego baja la vista. En ese minuto, Juan quedó mudo sin hallar que decir, detuvo su caballo y se quedó viéndola mientras se afirmaba el sombrero. Esa hermosa sonrisa, amplia, era hermosa, sus ojos se entrecerraban, dando la apariencia de que sonreía con ellos. Por primera vez, Juan se sintió terriblemente nervioso, turbado por la belleza y por la personalidad de esta muchacha. Lo único que atinó a decir fue: señorita, ¿Me permite llevarla en mi caballo? Y si me bota joven, le dice ella. Entonces, Juan decide sacar a relucir sus dotes de conquistador. No señorita, como se le ocurre, este caballo sabe a quién está llevando. 

Está bien, con cuidado, le dice él, mientras la toma de su cintura. En ese instante, el bello Juan siente el aroma de su perfume. Era como si volara sobre una nube. Ella lo abrazó por la espalda y él le dice, sujétese con confianza no más señorita, mientras ella seguía sonriendo. ¿Cómo se llama usted, si no es mucha impertinencia? Margarita. ¿Margarita cuánto? Solo Margarita, le responde la muchacha. ¿Y Usted? Juan señorita… solo Juan, echándose a reír. Llámeme así, solo Juan. Ahora, los dos echaron a reír, como si se conocieran de siempre. Hacia donde la llevo Margarita. Voy a mi casa, páseme a dejar por favor, eso sí va hacia ese lado, no quiero molestarlo. No es ninguna molestia para mí, al contrario, es un placer. Vivo cruzando el pueblo, a orillas del río. ¿Vive sola…? Con mi abuelita, pero… haces muchas preguntas Juan, para ser que nos conocemos hace tan poco. Conversaron muchas cosas más hasta llegar al hogar de Margarita, que vivía en una casita no muy grande, muy cuidadita, con bellos jardines a orillas del rio Laja. Tiene una hermosa casa Margarita y una hermosa vista, la verdad he pasado antes por aquí, pero jamás había reparado en este hermoso lugar, parece mágico y ¿es usted la que se preocupa de todo aquí…? Sí, le responde, ¿no me cree capaz…? Bueno…sí, creo que sí, como la voy conociendo, tengo la impresión de que usted es capaz de hacer muchas cosas, pero no me la imagino haciendo todo. Se quedó mirándola con verdadera admiración. ¿Puedo verla de nuevo Margarita…? Claro, le dijo ella, me gustaría mucho. ¿Y cómo hago para eso…? Todos los días, en el mismo lugar que nos encontramos hoy, a la misma hora, hago el mismo trayecto desde mi trabajo hasta aquí. Bueno, la puedo venir a buscar y traer en la tarde o en la mañana, igual puedo hacerlo. ¡No! Responde Margarita en forma tajante, dándole una mirada como de fuego, luego sonríe tan amablemente que a Juan se le termina olvidando el abrupto. Encontrémonos igual que hoy, en el mismo lugar y me traes, ¿Te parece bien…? Sí, sí, claro, así lo haremos. 

 

Ville-d'Avray
Camille Corot

 

Pasaron los días, y Juan se enamoraba más y más de ella. Todos los días cumplía sagradamente el ritual de acudir a buscarla a la entrada del pueblo. Le contó a su Madre lo que le estaba ocurriendo y de cómo se estaba enamorando de esta hermosa muchacha. Entonces su Madre le pregunta, ¿Conoces a su Abuela…? No, le dice él. Qué raro, le contesta su Madre, deberías conocerla, si llevas tantos días viéndola. Hoy le diré que me presente a su Abuela, y después si ella quiere, la traigo para que te conozca. Bien hijo, ten cuidado, no sea que tengas que sufrir una decepción, eso no sería nada bueno. No te preocupes mamita, nada me pasará. Los días pasaron, hasta que el bello Juan le declaró su amor a Margarita. Ella le correspondió aquel día, fue mágico, sintió la calidez de sus labios dulces como la más fina miel. Ahora estaba seguro de que la amaba, esta era la mujer de sus sueños, nada ni nadie los separaría. Los dos se correspondían y a modo de broma, Juan aún le decía a su Madre, voy a ver don Sata mamita, cuando acudía a las citas con Margarita. 

Uno de esos días, Juan le propone a la muchacha que le permita conocer a su abuela. Ella responde, ¡No Juan…! Aún no. Después de turbarse, Margarita vuelve a sonreír como siempre. Bueno…así será, mi Madre también te quiere conocer. Entiendo, le dice ella, pero no es necesario todavía, ya habrá tiempo. Está bien, como tú digas Margarita, no te presionaré, ya habrá tiempo como dices. Así será Juan, solo quiero que cumplas con lo que me has prometido, encontrarnos, como lo hemos hecho siempre, a mitad de camino, eso me hace tan feliz. Así será, le dice él, así será, siempre estaré aquí para ti, no te defraudaré. 

Continuaron viéndose Juan y Margarita, hasta que en uno de esos días su Madre contrajo una rara enfermedad que la dejó postrada en su cama sin poder hacer nada. Juan comenzó a faltar a las citas con Margarita, se comenzaron a distanciar hasta que el bello Juan ya no pudo ir más porque debía cuidar a su Madre. Mientras su corazón se dividía entre su mamá enferma y su amada, algo en definitiva aparecía como lo más seguro: Juan no podía dejar de pensar en Margarita. Una noche, durmiendo en su cama, comenzó a soñar con ella, que la sentía cerca de él, como si los cuerpos estuvieran a punto de hacerse uno solo. Fue tan fuerte su presencia que, al abrir los ojos, la vio. Ahí estaba, de pie al final de su cama con su bello vestido rojo, sonriéndole. Él quedó hipnotizado, no podía creer lo que sus ojos veían. Lo primero que le preguntó fue, ¿Cómo es que entraste aquí muchacha…? ¿Eres real o sigo soñando…? Eso no importa Juan, solo ven, te vengo a buscar para que te vayas conmigo. Estirando su mano hacia él, este se levantó y la tomó de la mano, como si algún extraño embrujo lo mantuviera preso, alejado de si mismo, como si aquella muchacha fuera dueña de su voluntad. La siguió, hipnotizado, mientras ella lo miraba con una extraña y sarcástica sonrisa en su rostro. Sus ojos ya no eran los mismos, ahora, en toda su cara se notaba una profunda malicia, como la de los niños después de hacer una broma cruel. Juan sintió que Margarita había salido de las mismísimas entrañas del infierno. Ya no era la hermosa e inocente muchacha que había conocido, ahora todo se había transformado en una pesadilla que no dejaba de suceder. Luego de un rato, Juan tomó finalmente la mano de la muchacha. Sintió su mano fría como el hielo, frío que traspasó todo su cuerpo como si de un extraño y maléfico brebaje se tratara. Entonces, la puerta se abrió sola y salieron de casa. Juan ni siquiera sintió en sus pies descalzos el frio y la humedad de la noche, que a esa hora se hacía sentir con toda su fuerza. Los dos caminaron por un rato, mirándose el uno al otro. Juan no atinaba a nada, seguía caminando preso del embrujo de Margarita, sin importarle su madre ni su vida, olvidando que se quedaría sola, postrada, al cuidado de nadie. 

 

Solo desaparecieron entre la espesa niebla, en la oscuridad de la noche. Nunca más se volvió a saber del bello Juan. Días después, los vecinos del sector encontraron a la anciana madre postrada en su cama, abandonada, muerta, con sus dos manos apretando un rosario, con los ojos desorbitados y un líquido amarillento cayendo de su boca, como si hubiese visto, antes de morir, al más terrible y malvado ser extraído del infierno. Todos supieron, entonces, que ni el más ingenioso de los hombres es capaz de ganarle al príncipe de la mentira. Don Sata, finalmente, había ido al encuentro de Juan y de su pobre madre.

 

The Evening Star
Camille Corot

 

Don Cotona
Región de los Ríos
comuna de Paillaco, Chile