Por Natalia Orrego 

Apenas se cortó la primera cuerda el hombre recordó las palabras de su esposa: ¿Cómo vas a pintar a treinta metros de altura con esa soga vieja? ¿Te querés morir vos? ¡Sos un irresponsable! ¡Llevá la soga nueva, que para eso la compraste! Y de inmediato, la segunda cuerda comenzó a deshilacharse en un espiral violento. La lata cayó de lo alto, la pintura se derramó en una elástica línea blanca y el hombre se precipitó a su destino. A último momento intentó sujetarse de la silleta de madera, pero fue inútil. Cerró los ojos con espanto. El orden de las imágenes fue el siguiente: su esposa, sus hijos, su madre, su amigo, su hermano. Su esposa. Sus hijos. Sus hijos. Sus hijos… Sintió, entonces, la cara helarse contra el viento. Sus manos buscaron sostenerse de algo, pero no encontraron más que vacío y desesperación.

Con la advertencia de su esposa taladrando su mente, el hombre quiso entender qué había hecho mal: ¿Sujeté la soga con doble nudo? ¿Se soltó o falló el arnés? ¿Enganché bien el cabo de vidas? ¡Puta madre, por qué no usé la soga nueva! Y en medio de sus pensamientos, las imágenes: la pava sobre la hornalla de la cocina, el agua hirviendo, el mate sobre la mesa, el reloj de pared marcando las siete de la tarde y el tiempo que se detiene, y en su mente, el pasado se cristaliza en un parpadeo aterrorizado. Piensa en su esposa: ¿Quién la abrazará por las noches en mi cama? Y vuelve, luego, a pensar en la soga… ¿Cuántas bolsas de arena puse? ¡Dios mío, sacame de esta la puta madre! ¿Enganché bien el arnés? Abrió sus ojos y miró hacia el techo del edificio, cada vez más lejos. Se le atravesó la cara de su hijo varón: no es tiempo de llantos, Lucas, ahora te toca ser el hombre de la casa. ¿Coloqué el cabo de vidas? Por más que se esforzara, no lograba encontrar el error. Lo siguiente fue memoria, olvido, abandono. Y pensó en sus mujeres, en sus cuatro niñas, y en el día que lo llamaron por primera vez, solitas, a su teléfono del trabajo: ¡Hola, Papi! ¿Ya venís? Mami compró globos. ¡Feliz cumpleaños! ¡Callate boba, es una sorpresa! Tal vez llegue un momento en que solo me recuerden en mi fecha de cumpleaños, y un día cualquiera yo no seré más que una voz que vuelve del pasado, un murmullo lejano que alguien rescató en un almuerzo familiar. La más chiquita será la primera en olvidarme, quizá en un futuro cercano deba rescatar imágenes y voces de nuestros viejos álbumes de fotos. Mi imagen será difusa, poco a poco desaparecerá, y entonces se acostumbrarán y seré por siempre olvido. Olvido y ceniza.

La hoja de un árbol le rozó la frente y le recordó a una caricia de su madre: pobre vieja, ¿Quién pintará su casa cuando se descascare? La pintura rosa no le gustó mucho, si zafo de esta le cambio el color. Le voy a preguntar cuál prefiere. La voz interna era tan fuerte que no escuchó su propio grito cuando un alambre desprendido de un balcón le destrozó la nariz. El sabor de la sangre en su boca le recordó la próxima pelea. Julián me pasará a buscar mañana para ir al gimnasio, ¿Le dirán que ya no me busque más por ahí? Compre flores y vaya al cementerio, le dirá el viejo de limpieza, fue su última pelea, fue derribado en el último round. Recordó la vez que entrenando en el Luna Park le pegó con rabia a la bolsa, sin ver que su amigo se ocultaba detrás de ella. Julián cayó inconsciente por varios minutos. Debieron llamar a Urgencias, se demoraron tanto que, cuando llegó la ambulancia, ya lo habían despertado con un baldazo de agua fría. 

Giró su cabeza hacia abajo, buscó desesperado de dónde agarrarse. Nada. Nadie. No tenía control de su cuerpo y la sangre le impedía ver y respirar. Una pluma, eso era, una pluma arrastrada por el viento. Qué ridículo, pensó: una broma del destino, el campeón peso pluma noqueado por el viento. Y la voz de su hermano mayor, la vez en que treparon a un árbol por primera vez. Tranquilo hermano, yo te guío, vos escuchame y hacé lo que te digo, no te vas a caer. Y si te caés yo te atajo. ¡Hermano!, gritó, ¡Atajáme, carajo! Y comprendió que estaba solo, que los estaba abandonando. Y temió por todos ellos. Y también temió por él.

Los ojos marrones se cerraron de terror y de valentía. Entonces supo que la muerte le tendía los brazos. No hubo tiempo para estrategias, se sujetó del único hilo de esperanza que le quedaba y se encomendó a Dios. 

El hombre se imaginó en el cuadrilátero. Cuidáte de los golpes en la cabeza, campeón, le dijo su entrenador minutos antes de su primera pelea. Esos son los que hay que temer. Un golpe en la nariz, una fractura de pómulos, un corte en las cejas, tienen arreglo… pero un golpe en la cabeza no es joda. He visto a muchos boxeadores morir en el ring por una lesión en la cabeza. Otros perdieron el habla, la razón, la estabilidad o quedaron en coma y ahí siguen. Pero de la muerte… de eso sí que no se vuelve, campeón. Si me viera ahora don Pedro, pensó: ¿Para esto te entrené, campeón? ¡Sacá de una puta vez tu mejor gancho, mierda! ¡Usá tu izquierda! ¡Dale a las costillas, que ya lo tenés!  ¿Qué hacés en esa silleta pintando paredes? Bajáte de ahí, la puta que te parió, cerrá los puños, apretá los dientes y vení a dar pelea, que esto no es para cagones. No aflojes ahora, campeón, no te rindas, carajo.

El campeón se derrumbó sobre la lona. El impacto del costado derecho de la cabeza contra el cordón de la vereda le abrió un tajo en el cuero cabelludo. De inmediato la cara se le desfiguró en un espeso manchón de sangre. Lo rodeó una multitud de curiosos. Mientras algunos comenzaron a rezar, otros aseguraban que ya no había nada qué hacer. Un trapo de piso que arrancó el viento de una soga. Un toallón lanzado por el entrenador ante el temible nocaut. El campeón vencido. Evaluaban al paciente como médicos inexpertos ante un cuadro irreversible, solo les faltaba quitarse los barbijos y sacudir sus cabezas. Un señor amagó a levantarlo y otro le gritó que no lo hiciera, que ni siquiera debían tocarlo. El campeón entreabrió los ojos y balbuceó un quejido. Una señora lo tomó suavemente de la mano y le sugirió que se calmara, que no se durmiera. La ambulancia otra vez llegó tarde. Nueve pisos arriba, la vieja silleta de madera se balanceaba al compás del viento, mientras que un último pedazo de soga, deshilachado y burlón, apuntaba hacia abajo señalando el final.

 

Ouvrier et rosace en contre-jour à la cathédrale Notre-Dame de Paris. Gaston Paris.

 

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Natalia Orrego (Buenos Aires, 1982) cursó la carrera de Narrativa en Casa de Letras, Buenos Aires, CABA. Posee conocimientos en derecho y trabaja en la Administración Pública. Actualmente escribe cuentos al mismo tiempo que edita una novela y cuida de su hija Olivia. 

La caída, el cuento aquí presentado, fue galardonado entre los finalistas del Concurso Internacional de Cuentos "Ciudad de Pupiales" (Colombia, 2019), evento literario que contó con la participación de 1990 escritores de 35 países, y forma parte de su libro de cuentos El anuncio (Azul Francia, 2020).