La revolución a dedo (2020), libro escrito por Cynthia Rimsky y publicado por Random House, es una novela corta que, ante todo, defiende la naturaleza arqueológica del relato. Tal como señala la contratapa, el libro se compone de dos partes: “Vacío”, donde se detalla el viaje de una joven de 22 años al interior de la revolución sandinista, además de las reacciones y del trabajo recopilatorio de la misma mujer, pero ahora con 52, y luego, “La salvada”, donde la joven, ahora de 45, viaja nuevamente a Nicaragua de vacaciones, escapando así de su trabajo como guionista en Chile. 

Naturalmente, lo arqueológico está en el ejercicio de recuperación de la memoria. Durante toda la novela, aunque con cierto énfasis en la primera parte, la narración de la mujer de 52 años nos deja entrever con profundidad las tareas que involucra la confección de un libro: recuperar viejas cartas, hablar nuevamente con amigas y amigos extraviados, revisar antiguas anotaciones en diarios maltratados por el tiempo. De algún modo, Rimsky nos exhibe, sin caer en las trampas del instructivo, su método de composición, pero no solo eso, sino también su método para escribir la memoria. 

Al proseguir con la lectura, nos daremos cuenta que los periodos de búsqueda de la mujer de 52 revelan la fragilidad de los recuerdos. La fábula se podría resumir del siguiente modo: sé que mi cuerpo tuvo tal edad, que fue joven alguna vez, que viajó y vivió en tales países, que conoció a ciertas personas, mi cuerpo lo sabe, sin duda, pero, aun así, frente a mi yo actual, la memoria está pronta a dislocarse. Resulta increíble que la mujer de 52 años, desvelada por la extrañeza de los techos falsos que invaden su barrio, que observa imágenes de Nicaragua por internet, como quien observa la verdad oculta detrás de un truco de magia, sea la misma que tuvo 22 años en 1985. La historia personal es contraintuitiva, adviene fragmentada, mutilada y, en consecuencia, ilegible, por tanto, es necesario, para recordar, hacer una arqueología. 

De aquí, entonces, la materialidad con la cual el relato nos devuelve la mirada: al principio y al final de la novela, la portada y la contratapa del “Libro universal” nos provoca —lugar donde la joven de 22 años anota todas sus experiencias—, y al interior, su escritura recuperada aparece con toda la fidelidad posible. La narradora de 52 años nos cuenta que la tinta de varios apuntes está corrida, desgastada, su lectura es imposible. El libro, entonces, tacha con una línea negra las palabras prohibidas. El texto original adviene hasta nosotros con todas sus imperfecciones, con la totalidad de su cuerpo atrofiado, así como también un recuerdo regresa con todas sus fracturas y sus traumas.

Del mismo modo, la confección del libro recupera la apariencia textual de los correos electrónicos. Sutilmente, la oposición visual entre el cuaderno tachado de Nicaragua y el registro libre, coloquial, de los correos, destaca aún más la distancia entre las dos mujeres del relato. La diferencia tecnológica hace posible la diferencia entre el yo-presente y el yo del pasado. Así como los objetos, como el propio cuaderno de anotaciones, las personas se transforman hasta lo irreconocible, los recuerdos se contraen y se expanden luego de cada año, así como la tinta de un lápiz va adquiriendo, lentamente, la forma de una mancha. Por el contrario, la escritura digital hace del habla un aparato invulnerable, nada se extravía en su registro computacional, pero, aun así, los mensajes que recibe la mujer de 52 años solo confirman su angustiosa actualidad. Las respuestas que recibe Rimsky parecieran apuntar, siempre, a un lugar alejado de su búsqueda, esto es, si acaso lo revelado por su memoria fue real, si acaso no se trató de una sarta de ilusiones, de una serie de trampas psicológicas o quizá, de ensoñaciones atribuladas, luego de pasar noches sin dormir. Al parecer, lo que busca la novela se encuentra en otra parte, en otra dimensión de la memoria. 

 

 

Entonces, pienso en las siguientes preguntas, como si de un cuestionario se tratase: ¿Por qué la búsqueda? ¿Por qué el regreso a Nicaragua? ¿Qué es, precisamente, lo que Rimsky quiere recuperar? A mi parecer, la respuesta se encuentra desplegada en el segundo segmento del libro, aunque no sin cierto preámbulo: en medio del viaje por Nicaragua, la joven de 22 pasa un tiempo en la casa de una campesina en Somoto, donde recuerda algunos pasajes del Dónde hallar nuestro lugar de John Berger. Rimsky nos dice que en las palabras del escritor se puede diferenciar, con claridad, una imagen real y una imagen vívida. En el caso de Berger, este abandona su escritura con tal de observar a cuatro burros que pastan en un campo. En la visión, Berger cree encontrar el testimonio absoluto de la vida; en su contacto íntimo con los animales, el escritor descubre su única condición como sujeto en el mundo: vivo, irrefutablemente, en una fecha, en un tiempo específico, pero también en un lugar, en un espacio recóndito del planeta. Algo similar le sucede a la joven de 22 años, pero acaso, con un impacto mucho más terrible, casi tocando la crueldad. El panorama de Somoto, las tierras húmedas, el olor del campo, solo acarrea tristeza. La soledad, la desgañitada pobreza de la mujer campesina y su familia le muestran el rostro más íntimo de la revolución. La verdad, entonces, aflora como un azote.

Por su parte, “La salvada” constituye un segundo viaje a Nicaragua mucho más maduro. Ya con 45 años, la mujer no busca imágenes reales, ni si quiera asociadas a la revolución. Busca, más bien, imágenes vívidas. En su estancia vacacional, la protagonista termina buscando la imagen resultante de cierto episodio salvaje: durante un incendio en Blufields, un hombre con una mano postiza intenta rescatar a una mujer. Su edificio se ha incendiado por la noche y la chica sin nombre ha quedado al interior de las llamas. Entonces, el hombre corre a su rescate, pero esta se resiste, los dos forcejean en una especie de balcón. La mujer, finalmente, salta en contra de su voluntad, como si esta quisiera quemarse junto a todo el edificio. Los bomberos la reciben con una tela de rescate, pero el hombre queda atrapado en el siniestro. Más tarde, los equipos de búsqueda lo encuentran calcinado. La mujer, por supuesto, desaparece. 

Tal secuencia es, ciertamente, enigmática. No sabemos, en estricto rigor, por qué la mujer de 45 busca con tanto ímpetu a la “salvada”, no sabemos si en su figura interpreta, acaso, una analogía, algún simbolismo asociado a la revolución, al viaje o a ella misma. No sabemos si desea encontrarla realmente, pero de lo que sí podemos estar seguros es que, en la mujer del incendio, se concentra una experiencia vívida, cifrada, quizá, por el abismo que significa la experiencia personal de lo otro. Todo suceso “real”, no en el sentido de Berger, sino en el de Didi-Huberman, adviene con violencia, como un huracán terrible, como un incendio voraz, como una catástrofe apocalíptica. La imagen vívida es un síntoma de lo que alguna vez ardió con todas sus fuerzas, y sabemos que estamos delante de ella porque, en su visionado, nosotros también nos quemamos. 

Propongo, entonces, otra pregunta, quizá, sin respuesta. ¿Puede un cuaderno de apuntes, la edición física de un libro, un conjunto de fotografías, el relato de algún otro o los propios recuerdos quemarnos, tal como lo hizo, alguna vez, la experiencia que inició todo? Si acaso existiese una respuesta, lo mejor es que esta permanezca velada, ya que, si tuviésemos la certeza, entonces, para qué la búsqueda, para qué la escritura, para qué la memoria. Recordamos, precisamente, porque algo nos ha sido arrebatado por el tiempo, y esa ausencia es lo que constituye a la memoria como necesidad. En La revolución a dedo, la escritura es otra de las tantas necesidades que atraviesan al sujeto, así como lo es el dormir, el comer, la propia respiración. La imposibilidad de saciar la demanda de la escritura asegura también nuestra supervivencia: quemarnos a partir de fragmentos periódicos, como tomar en las manos pequeños fuegos fatuos, evita que nos lancemos, directamente, a la boca del fuego.

Cynthia Rimsky

Fotografía de María Amburú