Por Catalín Tobar

Sabin nació en un cerro ubicado en el campo, no tiene sentido recordar cuál, puesto que todos se parecen ahora. El aspecto de su casa era propio del pasado: las paredes eran de adobe y tenía forma de herradura con un gran patio en el centro, el cual tenía, aparte de una bella vegetación, grandes vasijas de greda y una fuente, aunque muy baja y siempre sucia. Un día el viento azotó la ventana y ésta se abrió. Sabin no lo pensó demasiado y salió pasando una pierna y luego la otra por el marco. Afuera todo parecía ser como lo veía desde el interior, lo único que notaba es que era un poco más brillante. Antes de comenzar a caminar se quedó un rato a pasos de la casa, a la espera de un fuerte reto, pero no escuchó nada debido a que el resto dormía aún. 

Una vez había ido junto a los demás a ver molinos y, como le había gustado, decidió intentar encontrar ese lugar. Sin embargo, tras caminar un rato y perder la casa de vista, se dio cuenta de que se había perdido, y como un gato, maulló. Todavía con lágrimas en los ojos, se trepó a un árbol pero en la copa sólo vió hectáreas de viñedos y una línea ferroviaria. Por alguna razón, se acordó de su bisabuelo Olaff, pasado alcalde de la comuna y admirador del circo, y pensó que tal vez le hubiera hecho gracia verlo colgado de las ramas como un equilibrista. Tenía la seguridad de que aún se encontraba en la comuna de Peralillo, pues era imposible que hubiera caminado tanto en tan poco rato, pero ya no tenía idea de cómo regresar ya que todo era más o menos igual en la región de O'Higgins. Desde arriba podía ver algo parecido al Tranque, un lugar que había visitado un par de veces, pese a la prohibición de su padre, el cual acogía recuerdos de sus primeras borracheras y besos. Sin embargo, al bajarse del árbol no caminó hacia esa dirección, sino que decidió quedarse quieto, sentarse en la tierra y con una ramita escribir todo lo que tenía que decir, de la manera en la cual a él le gustaba decirlo y que pudiera ser dicha y, desde luego, escrita con una ramita para luego ser borrada con la mano. Ese juego se tornó aburrido, por lo que se sacudió la suciedad y comenzó a caminar por donde le dirigiera el viento, hasta que se acercó al puente colgante.

Sabin saltaba sobre las tablas más inestables, deteniéndose y luego avanzando, obligado no por sus propios caprichos, sino que por una voluntad mayor a la suya. Entre ese sentimiento que nunca había experimentado, vio al otro extremo del puente a una pequeña figura blanca hacerle gestos de ven, apúrate, se trataba de una pequeña niña con vestido de satín, alas de cartón y cintillo aureola felpuda. La niña, impaciente ante la lentitud del joven, comenzó a gritarle ¡Ven, ven!, cada vez con más urgencia. Sabin se secó el sudor de la frente y corrió a su encuentro. La niña ángel se presentó con formalidad, su nombre era Críspula, era parte del coro de niños de la capilla local y le faltaba, al igual que a Sabin, el incisivo superior derecho, cosa que ambos notaron al sonreírse. Caminando de la mano hacia Callehuque, el único lugar al que Críspula sabía llegar, se fueron contando chistes, hasta que a la niña le acercó un pololo particularmente grande y feroz y, entre gritos y sacudidas, salió corriendo hacia los árboles, perdiéndose por completo de vista. Sabin no hizo ademán en querer seguirla y volvió entre sus pasos hasta llegar al camino de tierra.

Cada camino remitía a más y más campo, a veces frondoso y verde, otras veces seco y amarillo, siempre inútil. Se sentó nuevamente en el suelo hasta que un hombre en una carreta lo recogió. El hombre, cuyo nombre era Lolo, vendía sandías y llevaba la camisa desabotonada, mostrando la guata y una medallita de plata. Cuando Sabin le preguntó por la hora y cuánto faltaba para el pueblo más cercano, Lolo se molestó y le dijo que, en su lugar, le llevaría un lugar para gente que, en sus palabras, se le asemejaba. El resto del viaje fue en silencio.

Cuando la carreta se detuvo frente a un campo abierto, en el cual un grupo de personas a la distancia descansaban y reían. Innecesariamente solemne, Sabin se acercó a ellos con el sombrero en las manos. Apenas fue visto, los tirados se recogieron, los alejados se acercaron y los cotorros callaron, entre todos formaron un círculo y algunos sacaron flautas desde sus ropajes. Avanzaron saltando hasta un improvisado altar mientras cantaban: nos e cans and eson lasagu as est asba jand elci elo. Sabin, a pesar de que se mantenía alejado del grupo, supo que jamás volvería a su casa, entonces se quitó la chaqueta y se la puso sobre la cabeza como si fuese un mantarraya, y observó que todas esas personas al girar se metamorfoseaban en una sola figura celeste. Los dedos chuecos de Sabin temblaban al escuchar las flautas sonar.

El campo iba tomando una extraña forma de casa gigante, la cual, a diferencia de la que había dejado atrás, tenía puertas y ventanas abiertas para que entrara luz y aire, y tenía la característica de que era una zona que nunca se mantenía igual, de manera que realizar una cartografía precisa no era posible.

Con las manos, las personas palparon las aguas del altar, que era como un pequeña piscina inflable de color negro. Las palabras siguieron siendo deformadas hasta ser irreconocibles, desfiguradas hasta ser un balbuceo siseante, que letra a letra levantó vasijas para luego sumergirlas en el altar.

Una mujer con una polera de Mickey Mouse se reía con fuerza. Cuando Sabin reparó en las carcajadas, la miró, ella se acercó para contarle que le esperaban de hace tiempo para cortarle la cabeza y que en su lugar creciera otras mucho más bonita y fuerte. No había felicidad más grande para Sabin que una cabeza nueva, áurea, sin cicatrices en la frente y labios secos.

Repletas de agua hicieron sonar las vasijas. El agua fue guardada en la boca y luego vertida en el altar, mientras las flautas no cesaban. Uno de ellos se cruzaba dando saltos entre los presentes, otro tocaba un tambor girando en su lugar y una pila de mosquitos atacó a Sabin. Todos bailaban alrededor del agua, incluso la mujer Mickey, quien se había mostrado reacia a hacerlo en un principio. Un pequeño niño tocaba un pequeño silbato. Sabin se unió a ellos con su propio instrumento.

A lo lejos, los perros sueltos comenzaron a ladrar, las vacas pastaron pasto, las gallinas pusieron huevos, los gatos se erizaron, los viejos comieron causeo. La niña ángel yació muerta a la orilla del río, los corderos fueron trasquilados, un vaso de chicha fue derramado, los cerros se elevaron, el caballo se echó a descansar, el parrón se prendió fuego y la casa permaneció deshabitada, aunque eso marchitó la imagen viva de la razón de Sabin. El agua se puso roja, morada y, finalmente, negra. Tiesos del frío siguieron dando vueltas, se abrazaron y juntos cantaron canciones hasta el amanecer.

 

Sin nombre. Clarence Hudson White.

 

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Catalín Tobar (Santiago de Chile, 2022). Escritor, artista visual y estudiante de Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile.