Por Alejandro Benjamín Laurentti

 

1990 

Hay dos personas, perdidas en medio de las sierras, caminando entre la nada, susurrando. Camina erguido y confianzudo el primero, va trémulo y tímido el segundo. Nadie más anda a esa hora por ahí. Los grillos anuncian, con su sonoro canto, la cercanía de los intrépidos. Los acaricia el fresco viento nocturno.

     —Dale, Orlando, tampoco es para tanto, ya te dije que ahí no hay nadie, nadie lo vigila, está re fácil. No seas zonzo.

     —Pero es una capilla, no sé, me da cosa.

     —¿Cosa? ¿Por qué? ¡Qué bárbaro! Ya te dije, es de un pintor famoso, nos van a dar mucha plata. Ya vinimos hasta acá, ¡dale, Orlando!

Sobre las oscuras calles de tierra, se deslizan las dos sombras, aún más oscuras, adentrándose en la maleza. Esa noche la luna no apareció. Pocas veces se asiste al interesante montaje de las noches sin luna, noche que se presenta perfecta para el asalto.

Orlando, casi obligado, ha llegado hasta el lejano paraje secundado por Martín, que dice que en la iglesia hay una pintura, una hermosa, de un renombrado pintor que vivía en La Cumbre, por el que pagarán un abultado rescate, o quizá la vendan por ahí, da igual.

     —Vos no creés en estas cosas, vos siempre andas diciendo que Dios no existe, que la fe es una mentira, no sé qué tanto espamento hacés —le dice Martín, con voz tozuda. Y avanzan y avanzan, entre el aroma a tomillo y la tierra emblandecida por la lluvia.

La capilla de piedra, construida en la década del 20’, se alza imponente entre la maleza y a resguardo de las sierras, que le cuida las espaldas, pero no el frente. En medio de la oscuridad, da miedo tanta imponencia. Se encuentra cerrada, solo dos veces al año se oficia la misa en el lugar y como está bastante alejada del pueblo tampoco tiene quien la vigile o quien se quede a dormir. Las sombras continúan caminando, ansiosas, dirigiéndose a la santa casa.

     —Hay un ruido, hay alguien por ahí.

     —No seas tonto, no hay nadie acá, no ves que no hay casas, que no hay gente, ya te dije que el lugar es perfecto.

Los dos espectros llegan hasta la tranquera, que se encuentra cerrada con candado. No tardan demasiado, con la ayuda de una barreta, en violentar el artefacto de metal y dejar vía libre hasta la puerta. Martín le ha hecho saber a su compañero que la pintura es grande y es más fácil sacarla por la tranquera, que andar haciendo malabares para pasárselas entre los cercos que rodean a la construcción. Para colmo de males noche sin luna, así que con más razón aún. 

Llegan entonces los dos hasta la puerta, la inmensa puerta de madera y hierro, y hace falta bastante fuerza para abrirla. Entre los dos meten la barreta y con bastante presión hacen saltar un pedazo de madera. La puerta abre. El primero, el más seguro de los dos, Martín, acomoda la barreta en la mochila y saca una linterna del bolsillo, dispuesto a entrar. Parece traspasar una puerta mágica, porque al instante desaparece, él y la luz de la linterna, dejando atónito al segundo, del lado de afuera. Orlando mira espantado, dudando de si quedarse ahí, perdido en la helada y bañado en oscuridad o seguir al otro hacia adentro, a donde se van a llenar las manos de manchas invisibles, de esas que no salen, de las que cuecen el alma, herejes, ladrones. Al final decide entrar, no hay nada más que hacer, lo están esperando.

     —No me dijiste que traías linterna. Nos hiciste venir por todo el camino llenándome la pierna de cardos y espinas y recién ahora la sacás. ¡Qué tipo que sos, eh!

Martín se ríe. No quería levantar la perdiz y que algún lugareño los descubriera. Nadie vigila la capilla, a nadie parece importarle, pero quién sabe. Por ahí, de noche, buscando cazar alguna vizcacha o a las cabras que se pierden por el monte, puede andar algún muchacho, un campesino y si los ven en actitud rara en medio del parque descampado los pueden mandar al frente. Mejor tomar las medidas pertinentes.

No tiene demasiadas cosas la santa casa, apenas si las paredes de piedra resisten al tiempo y el olor a incienso emana de las maderas. De manera monacal, saludan a la malévola luz que juguetea en las paredes, las estampas del vía crucis. Pero allá, allá adelante, Martín sabe que está la pintura, esperando. Su madre se sumiría en gran tristeza si supiera que él, que de chico había sido monaguillo, ahora anda metido en esos líos. La escucha hablarle, con la voz intacta, aunque hace ya un par de años que su alma transita por otros parajes: “¡Mire que robar una capilla, qué decepción mijo, así no lo he criao’ yo!”. Pero Martín no lo quiere ni pensar. No necesita de esas cosas ahora. No es momento de sentirse culpable, la pintura es valiosa, o lo va a ser, él lo sabe.

Detrás, el pequeño Orlando, que no cuenta más de dieciocho años, lo persigue temeroso, no se le despega del lado. Qué le importa a él la religión, si creció escuchando a su papá maldecir a Dios, a la Virgen y a todos los santos, cada vez que se golpeaba la mano con una maza, o cuando se le escapaban las gallinas, o peor, cuando se le moría algún potrillo. “A la tierra no la cultiva Dios, a la tierra la cultivan, la lloran y la padecen estas manos, estas manos te dan de comer a vos”, le resuena en la cabeza, con la voz del gaucho, el colorado, como le decían en el campo. Pero qué le va a hacer, las malas juntas a veces te llevan a cosas como esta y si encima puede sacar unos mangos después de toda la mala sangre que le ha hecho pasar Martín, mejor.

Ya pasaron la pila bautismal y la luz de la linterna, que no tiene mucha pila, parece perderse en un fondo oscuro, que no llega a ningún lado. Delante de ellos la oscuridad infinita.

     —Esperá, Martín, escucho algo, algo acá adentro —sigue insistiendo el coloradito.

     —No seas zonzo, no me hagas repetírtelo, sos solamente vos que vas escuchando el eco de tus pisadas, no pasa nada, acá no hay nadie. Dejá que yo hago lo que hay que hacer, vos dejá de hacerte la cabeza.

La construcción, de techos altos, no deja lugar posible al silencio. Desde las pisadas de Orlando, hasta la respiración de Martín, o incluso el titilar de la luz de la linterna, no hay sonido que no tome protagonismo, envolviendo la situación en un extraño misticismo.

Orlando se pregunta para qué tanto quilombo, que por qué el otro necesita que lo acompañe si podía hacer las cosas solo. Pero ya están ahí. Ya es tarde. Las pisadas siguen haciendo eco, las paredes parecen crujir y los cuadritos de las paredes que contienen el vía crucis, a medida que la luz se aleja, cambian de forma, monstruosamente, de seres con aureolas doradas sobre la cabeza, a demonios con la mirada fija en los dos invasores.

     —¿Y si mejor nos volvemos?

Martín se para frente a Orlando, decidido.

     —Mirá, Orlando, a esto ya lo hablamos. ¿Vos no querés darle una mano a tu vieja? ¿No andas mendigando laburo por todos lados y no hay forma de que te alcance la plata? Es esta vez, solamente esta vez y ya está, después hacés lo que quieras, te dedicás a ayudar a la gente si querés. Pero dame una mano también a mí, a mí me hace falta igual que a vos, ya lo hablamos.

Si supiera su papá, si estuviera vivo, el colorado. Orlandito, un ladrón, un choro. Pero también un pobre chico que no sabe decir que no, que es más fácil hacerlo pisar el palito que cualquier otra cosa. Los dos siguen su camino, a medida que los pisos se van ensanchando y la luz medio muerta consigue, al fin, reflejarse en la pared del fondo.

Se ilumina la pintura, mientras Martín dice con voz victoriosa: “¡Acá está!”. Orlando se da vuelta pero no alcanza a verla, las rápidas manos del primero la descuelgan y le tira encima la campera para mantener al resguardo la obra de arte. El segundo se sorprende de la rapidez con que se ha cargado la pintura al hombro y lo reta:

     —A ver, dejame verla —le dice Orlando.

     —¿Pero qué querés ver? Ya la tenemos, dame tu campera.

No lo convence, él la quiere ver y entre los dos hay un cruce de miradas un poco violento.

     —Te digo que me dejés verla.

Martín le dice que no, pero Orlando, por primera vez en la vida, tiene la determinación suficiente para largarle la mano y agarrar la pintura de un costado. Al primero no le gusta para nada la actitud. Entre los dos se arma un forcejeo. Ni uno ni el otro la quieren soltar, pero es demasiado grande como para mantener igualado el combate, por lo que de golpe y porrazo cae al piso, haciendo un tremendo ruido de madera crujiente. El cuadro cae boca arriba y la campera que lo cubría se hace a un lado, dejando la imponente imagen delante de los dos, en todo su esplendor. Martín, en la agitación, deja caer la linterna, con la suerte de que la misma queda en posición a la pintura, iluminando el rostro de Cristo. Orlando lo ve y el redentor parece clavarle la mirada. La pintura comienza a llorar lágrimas de sangre, al igual que brota de las manos y de los pies el rojizo líquido. La boca del Cristo se abre y le habla, pero no con su voz, sino con la de su papá: “Manchate la boca tomando en vano el nombre de Dios, pero las manos no.”

Orlando sale corriendo, despavorido, al tiempo que Martín, no entendiendo que le acaba de ocurrir, lanza un suspiro, decepcionado, y prosigue a llevarse la pintura él solo.

 

Lagar Místico. Juan de Villegas