Por Sharon Gorosito

Tenía ocho años cuando pensé por primera vez en la muerte como algo terrorífico. Recuerdo cada parte de esa tarde, estar jugando en el patio de casa y recostarme sobre el tambor naranja que se balanceaba, el mismo que algunas veces simulaba ser un tanque de guerra o un pequeño refugio para mí y mis juguetes. Minutos antes de aquella temible revelación, me habías advertido que no ensuciara mis zapatillas ni mi remera, ambas prendas blancas, mientras correteaba como un fantasma que acababa de morir. 

Siempre jugué sola, exceptuando varios cumpleaños en los que aprendí a convivir con otros seres que no eran de nuestra familia, pero, como te decía antes, siempre jugué sola. Vos no querías jugar conmigo, pocas veces lo intentaste. Una mañana me serviste agua tibia en una pava de plástico azul, pero te aburriste de imitar el gesto de un mate dulce y te preparaste un café. 

Otras veces, luego de mi insistencia, me dejabas usar tu ropa oscura para que pudiera ser una bruja o una princesa alternativa. Solo una vez simulaste ser mi alumna mientras escribía palabras al azar en un pizarrón verde, diminuto y polvoreado de tiza. Aun así, no, jamás jugamos juntas. No sabíamos actuar. 

Me acostumbré a responderte y a fruncir el ceño como si mis días dependieran de ello. Nuestros pactos de silencio, irritables, igual a una mala canción a todo volumen, me ayudaban a olvidar y perdonarte en las noches, porque ¿Quién puede dormirse enojado o triste? ¿Puede una niña? Yo no podía.

Tenía ocho años cuando pensé en la muerte y apenas tres cuando me dejaron plantada, lloré en la cama de mis padres por primera vez. Sucedió en la semana de Pascuas. Estaba ansiosa porque me compraras un kínder. Esa misma tarde en el patio de comidas del shopping, unas tres chicas disfrazadas pintaban como conejitos a todos los nenes y nenas que se portaban bien y pasaban por ahí. Mi caso no fue la excepción. Compramos el carísimo huevo de chocolate y volvimos a casa. Quería sorprender o bien, de alguna manera asustar a papá con toda esa pintura en mi cara, entonces lo esperé sentada en el comedor. Durante varias horas mis pensamientos fueron vagos, estaba concentrada en el dibujito de la tele y en no arruinar las manchitas blancas que pretendían ser mis dos dientes de conejo. 

Por alguna razón que mi cerebro prefirió no entender,  papá llegó tarde.  Yo, con tres años y solo con algunas palabras que realmente comprendía rondando en mi cabeza, estaba furiosa, y con una especie de nudo invisible debajo de mi cuello. El maquillaje artístico se fue borrando con el mar que brotaba de mis ojos, y como en un acto de adultez o superación me saqué el resto de pintura con agua fría y me fui a dormir a mi cama. Ni vos ni él supieron que este sentimiento nuevo volvería a repetirse. 

Tenía ocho años cuando pensé en la muerte, en el tiempo que corría y en el sol que dejaba de alumbrarme mientras yo permanecía recostada, casi dormida, en aquel tambor naranja. Estabas preparando la merienda y desde el ventanal sonaba una canción que, por supuesto, no comprendía pero me causaba tristeza, Kiss me de Sixpence None The Richer.

Durante esos tres minutos, suficientes para que odiara la canción, tu rostro y el de papá envejeciendo se dibujaron frente a mí, como si una despedida se avecinara, como si no estuvieras en la cocina preparando un café y papá no estuviera llegando a casa. Tu rostro y el de él, mis juguetes llenos de barro y pasto, mi remera sucia, mi ceño fruncido, la noche cayendo sobre mí, el tanque de guerra dejándome expuesta a la noche fría y el tiempo llevándose todo lo que tengo. 

Jamás te conté cuánto miedo me provoca este recuerdo, ni la sensación de vómito que sube hasta mi boca cada vez que esa misma canción suena en alguna película o en la radio. Jamás podría abrazarte sin quebrarme ni explicarte que si tengo otra pesadilla igual, tal vez un abrazo o mi mano te puedan traer de vuelta hasta acá.

Dos niñas durmiendo. Pedro Pablo Rubens

 

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Sharon Gorosito (2000) nació en Pilar, Buenos Aires, lugar donde vive actualmente. Estudia un Profesorado en Lengua y Literatura y tiene Diplomatura en Gestión de Mediación Cultural. En 2020 formó parte de varias antologías incluyendo el libro federal El beso que no di, de Ediciones Arroyo; la columna literaria “Vidas en letra” de Posdata Digital; y el blog de difusión poética Abrigo de pétalos. Publicó Caen las estrellas hasta tus ojos, su primer libro de poemas, con Halley Ediciones. Actualmente escribe su segundo libro de poesía.